Macbeth sin Shakespeare

William Shakespeare, sin importar nada si existió o no, sigue siendo el mayor genio literario de la historia. Sus espléndidos y profundísimos personajes, su dominio de la palabra y del pensamiento, su monumental arquitectura teatral… han logrado sobrevivir al paso del tiempo y convertirse en el máximo icono de la Literatura Universal –Shakespeare también ha trascendido las fronteras de Occidente–.

Entre las más geniales creaciones del bardo se encuentra la tragedia de Macbeth, corta, intensa, sofocante, aterradora, inmenso drama en el que su protagonista se entrega a la ambición, primero, y al mal por el mal, después. Sin embargo, si Shakespeare y el cine, por lo general, no se han llevado demasiado bien, Macbeth es una obra que nadie ha conseguido trasladar con éxito a la pantalla. Solo Trono de sangre, de Akira Kurosawa, consiguió acercarse a la grandeza del original, pero en japonés, lo que impide disfrutar de la música de los versos shakespearianos.

Ahora nos ha llegado un nuevo Macbeth cinematográfico, nada menos que protagonizado por Michael Fassbender, inmenso actor con infinitos registros. Pero, y quizás aquí resida el principal de los muchos defectos del filme, el director, Justin Kurzel, le ha llevado al terreno de la contención, del ensimismamiento, de la empanada apatía, con lo que el personaje se mueve paradójicamente tranquilo en una inquietud que apenas tiene que ver con lo que pasa en la peli.

Porque, reveladoramente, el filme solo alcanza cierta tensión cuando Fassbender, en dos o tres momentos, se deja llevar por la pasión y nos muestra un alma atormentada, presa del funesto destino y descontenta consigo misma en su triunfo. Kurzel y sus tres guionistas parecen haber tenido compasión por la trágica figura de Macbeth, algo tan inopinado como anticlimácico.

Por eso este Macbeth, este desaprovechado Fassbender, suelta sus parlamentos como si dijese la lista de la compra, sin alma, ajeno a que en el fondo residen pequeñas piezas que se encuentran entre lo más magistral del maestro Shakespeare.

Junto a Macbeth una Lady Macbeth, encarnada por Marion Cotillard, también contenida, bien en su papel de incitadora al crimen, pésima –por su frialdad– en su posterior culpa que –en la obra, no en la peli– la lleva al suicidio.

Porque, aún peor que la perspectiva sobre el protagonista, es que la película ha prescindido de todos los elementos espectrales de Macbeth, esa obra que posee fama de mal fario entre las gentes del teatro. Ni las brujas –que aquí son tres y pico, luego tres y dos picos– ni el fantasma de Banquo ni el trágico sonambulismo de Lady Macbeth –aquí ausente– poseen la pátina de lo sobrenatural que posee el original. Así, se ha eliminado cualquier elemento mágico, fantasmagórico, terrorífico…

Y es que, como sucede en tantas ocasiones, Kurzel y sus tres guionistas, quizás sin entender qué tenían entre las manos, han querido ponerse por encima de Shakespeare, algo tan asombrosamente gratuito como temerario. Si tan guays son, que construyan sus propias historias.

Así, con un Shakespeare mutilado –se prescinde, además, de momentos grandiosos de la obra, de los que quizás hable en otra ocasión– que desdibuja y vacía la trama, unos grandes actores bien desaprovechados, una fotografía petulante, un feísmo “de uñas sucias” y una banda sonora bella en su pretenciosidad, este pésimo Macbeth ha sido aplaudido en Cannes y elogiado por la gran crítica. Así, en ambos casos, se siente espléndidamente complacidos con sus carencias.