Star Wars: El despertar de la fuerza

Difícil escribir es sobre Star Wars: El despertar de la fuerza sin destripar su contenido a los que aún no la hayan visto. Los chavales que vieron, en los cines, La amenaza fantasma, El ataque de los clones y La venganza de los Sith antes que la trilogía original jugaron con la ventaja de no saber que Anakin Skywalker terminaría, indefectiblemente, pasándose al lado oscuro.

Aunque esta trilogía, en mi opinión, es evidentemente peor que la de La guerra de las galaxias, El imperio contraataca y El retorno del Jedi, los que la vimos después, como precuela, tuvimos además la desventaja de saber cómo narices iba a terminar todo: con Darth Vader, Yoda y Obi-Wan vivos, la República destruida y el Imperio en el poder.

Precisamente, la gran virtud de Star Wars: El despertar de la fuerza es su capacidad de sorprender durante sus más de dos horas de metraje. Gracias a una promoción bien construida, y un asombroso secretismo, entramos en la sala sin saber qué narices iba a pasar, lo que nos devolvió a aquellas primeras películas que nos anonadaron, especialmente con aquel “yo soy tu padre” con el que, curiosamente, los más jóvenes no pudieron sorprenderse.

El despertar de la fuerza, además, juega con la sorpresa sin desentenderse del original. En cierto modo, su trama es paralela, casi al extremo, a la de La guerra de las galaxias. Además, hay multitud de pequeños homenajes, ligeros guiños, a las primeras películas, a las que nos invitaron a soñar con otros mundos y convirtieron la saga en ese fenómeno intergeneracional del que hablaba el pasado domingo.

El filme, espléndidamente dirigido por J.J. Abrams, es una incesante  sucesión de aventuras de altura bien apoyada en unos soberbios efectos y mejorada por unos diálogos que delatan la presencia en el guión de la pluma de Lawrence Kasdan. Rara vez una película que despierta tantas ilusión y expectativas consigue satisfacer al espectador; y esta lo ha hecho.

El despertar de la fuerza combina magníficamente los viejos elementos de la saga con los nuevos. Entre ellos, una nueva protagonista, con fuerza, intrépida, misteriosa –la única capaz de competir por la pantalla con el descomunal Han Solo de Harrison Ford–, y un chaval negro que da su toque de humor a pesar de que su intérprete, John Boyega, no esté a la altura de tan buena película.

El único pero al conjunto puede ser que el filme resulta agotador, pero en el buen sentido. Pasan tantas cosas, y tan rápido, que uno llega con las fuerzas justas a la batalla final, quizás lo más blando de todo si no fuera porque… pero no destripemos nada.

Star Wars: El despertar de la fuerza nos ha devuelto, a los que crecimos con las tres primeras películas, lo mejor de una saga de buen cine de aventuras. Entretenimiento en estado puro con viejos personajes y conocidos tópicos renovados de manera hábil y diligente. Ahora tan solo queda esperar que las dos siguientes entregas, que llegarán en 2017 y 2019, estén a la reconfortante altura de esta magnífica película.