El reverso tenebroso

Pocas veces en la vida se experimentan fenómenos como el de este fin de semana, cuando una simple película, Star Wars: El despertar de la fuerza, va a congregar, como mínimo, a tres generaciones –abuelos, padres y nietos– en las salas, aunados por la ilusión y las enormes expectativas. El universo creado por George Lucas ha trascendido el tiempo para convertirse en un clásico contemporáneo.

Lo de menos es si el filme será malo o bueno. Antes de verlo, me siento de vuelta a la infancia, a la magia de la niñez cuando, estupefacto, descubrí que Darth Vader era el padre de Luke Skywalker. Todas las generaciones necesitan sus propios mitos y, aunque la segunda trilogía que era la primera no fuese tan buena como la primera que era la segunda, debemos congratularnos.

Pero el estreno de El despertar de la fuerza no es el único acontecimiento decisivo que los españoles viviremos este fin de semana. Las elecciones del domingo, pase lo que pase, van a finiquitar ese sistema bipartidista que tan laminador ha resultado para la sociedad española.

A partir del lunes, espero que siempre para bien, los partidos políticos tendrán que dialogar para hacerse con el poder y, quizás, eso sirva para que afronten valientemente los problemas reales de la España real. ¡Tengamos esperanza en que nuestros líderes demuestren la grandeza de espíritu que hasta ahora han venido ocultándonos y se dejen de estrategias políticas para arreglar, de una puñetera vez, las cosas!

Porque, lamentablemente, el reverso tenebroso no es una cuestión meramente cinematográfica. El pasado miércoles un (presunto) energúmeno agredió a Mariano Rajoy en plena calle. Menor de edad, por lo tanto excesivamente protegido por la ley, no solo no se arrepintió de su acto sino que se mostró ufano, dispuesto a repetirlo si tenía oportunidad.

La agresión es un síntoma más de la amoralidad imperante en gran parte de la sociedad. No hay mal ni bien en la consecución de la voluntad aunque siga los impulsos más primitivos, más animales, más (in)humanos.

Y, en el caso de los jóvenes, esa amoralidad es hija de una educación que no exige, que no valora el trabajo, que abomina del rigor y de la excelencia. Una educación promovida desde el poder y promocionada por una sociedad que ha cargado las culpas en los profesores (1) y se ha entregado a una molicie subhedonista y una agresividad televisiva y grupal que recuerda tiempos catastróficos.

No es casualidad que Telecinco sea uno de los canales más vistos, que los informativos de cualquier medio sean o dependientes o ciegos, que Gerard Piqué suelte libérrimamente barbaridades de todo tipo sin sanción ni castigo… que el discurso político de cualquiera –candidato o votante– se dirija antes a la descalificación del contrario que a la construcción de un mundo mejor.

Que la utopía sea de por sí imposible es una cosa y otra que nos estemos convirtiendo en su antónimo.

De ahí que, tal y como están las cosas, no sorprenda a nadie que un tipo le arree un sopapo al presidente del Gobierno, ni que otros muchos lo celebren. Barbarie en estado puro, bien lejana al diálogo socrático que, esperemos, nazca –de no sé dónde– el próximo lunes.

Mientras tanto, disfrutemos de este fin de semana cinematográficamente intergeneracional, olvidémonos de nuestros problemas durante un par de horas porque, enseguida, tendremos que recordar que el reverso tenebroso, en la peli, es una metáfora pero que, en la realidad, no lo es.

(1) Las propuestas educativas de los partidos políticos se centran –prácticamente se reducen a eso– en cómo variar la formación de los nuevos docentes. Pero, como he escrito en infinitud de ocasiones, ese no es el principal problema de nuestro sistema.