Con el culo en pompa

Ahora, por lo menos en la Comunidad de Madrid, los inspectores de Educación van dando la brasa a colegios y profesores para comprobar que todos han cumplido con los muchos requisitos administrativos que requiere la LOMCE. Los maestros, aparte de otras mil funciones, están obligados a completar unas largas programaciones que, como casi todo lo que tiene que ver con cualquier administración pública, tan solo sirven para quitar tiempo.

Sí, da la impresión de que la posición natural del docente es la de poner el culo en pompa para que funcionarios, padres y demás integrantes de la sociedad hagan con ellos lo que les venga en gana.

En la campaña electoral, empero, apenas se hacen más alusiones al sistema educativo que la de formar mejor a los docentes que, entre trabas y ocupaciones vanas, apenas tienen tiempo para leer tranquilamente un libro. ¿Cómo entonces prepararse para los nuevos retos que propone el futuro?

La propuesta más llamativa, por iniciativa del Gobierno, es la de José Antonio Marina que, a primera vista, quiere hacer con la educación lo mismo que ha hecho con la filosofía: vaciarla de contenido. Aún así, quizás sea plausible –en su primera acepción: “Digno o merecedor de aplauso”– su idea de obligar a los profesores a realizar una suerte de MIR para docentes, unas prácticas que sirvan para paliar las muchas carencias que ofrecen las carreras de magisterio y psicopedagogía. Como sugiere Salvador Monsalud, solo se aprende a luchar en las trincheras.

Por supuesto, y como ya he escrito en otras ocasiones, asusta el hecho de que muchos nuevos maestros eligiesen la carrera por falta de alternativas y que, como la nota de corte es tan baja, apenas supiesen leer y escribir al terminarla. ¿En manos de quién vamos a poner a los futuros ciudadanos?

No sé qué partido propone que los futuros maestros sepan –supongo que bien– inglés. Ya puestos, no estaría de más que también demostrasen una mínima capacidad en el empleo del castellano. Y es que el asunto de los futuros docentes es preocupante. Pero no es el único ni el más importante.

El principal problema que afecta a la educación española –aparte de la enfermedad de una sociedad que huye del rigor y odia la excelencia– es un programa ridículo en alcance y contenidos. Los niveles son tan bajos que un estudiante medio carece de un mínimo de cultura general exigible a alguien que a los 18 años pueda votar en unas elecciones. Si no se toca este punto dará igual que tengamos los mejores maestros del universo.

Pero lo que se lleva ahora es el cómo, no el qué, hasta el punto de haber oído a un par de expertos afirmar, literalmente, “lo de menos son los contenidos”. Aparte de matemáticas –auténticas, no simple resolución de ecuaciones o funciones–, lengua –viva, no la gramática que actualmente se enseña–, o historia –por Dios, que los chavales de 14 años sepan, bien, quiénes fueron, por ejemplo, Franco y Stalin–, habría que introducir una asignatura seria, honda, sobre los principios jurídicos y constitucionales que nos conforman.

Ahí está el comienzo de la auténtica revolución educativa que nos colocaría a la cabeza del mundo civilizado. Pero los cantos de sirena imperantes nos seducen con una escuela que prepare al alumno para el mundo práctico, para el trabajo y la empresa, un sistema educativo útil e instrumental, pragmático, sin enjundia ni espíritu. Con eso, el culo en pompa, tendremos que conformarnos, resignarnos a crear un caldo de cultivo donde crezca cualquier ideología más o menos radical en lugar de preparar a los chavales para constituirse como auténticos ciudadanos con responsabilidad y espíritu crítico.

Por lo menos, entre tanta nadería he oído una propuesta coherente, creo que de Ciudadanos. Propone Albert Rivera que se cree una ley educativa, por consenso, que sobreviva a los cambios de gobierno. Menos es nada. Jamás hubo algo parecido en nuestra Historia. Y, aunque fuese una mierda, por lo menos daría algo más de sentido, solidez y duración a las obligaciones administrativas de los maestros que, lejos de ser culpables, hacen lo que pueden desde sus vocaciones más o menos sinceras.

P.S.: Si los inspectores dedicaran tanto tiempo a examinar los libros de texto como a comprobar el cumplimiento de las trabas administrativas, quizás los manuales de primaria y secundaria no estarían tan llenos de errores y sandeces.