El deber saber

Anna Cruz, baloncestista española que acaba de ganar la WNBA, ha afirmado que “importa más si alguien le regala un pijama a Messi que cualquier éxito femenino”. Parafraseándola, tiene narices que hablemos tanto de la patada de Valentino Rossi a Marc Márquez con la que está cayendo en Cataluña.

Supongo que Torcuato Fernández-Miranda fue incapaz de imaginar hasta dónde podría decaer el nivel cultural español. Presidente de las Cortes durante la Transición, Fernández-Miranda fue, junto al rey Juan Carlos y Adolfo Suárez, una de las piezas básicas para que a España, por fin, llegara una democracia más o menos decente.

Por otro lado, siempre es bueno recordar que la Guerra Civil 1936-39 no ha sido la única que ha sufrido España en los dos últimos siglos. Más allá de las guerras carlistas, algunos historiadores sugieren que España vivió un larguísimo enfrentamiento entre bandos irreconciliables desde 1808 hasta 1975. Por otro lado, recordemos que Cataluña defendía al candidato de los Austrias en la Guerra de Sucesión y que en 1640 no se rebeló por la independencia sino contra la Unión de Armas y contra la presencia de soldados castellanos en su territorio.

Al otro lado del Atlántico, no conviene olvidar que John F. Kennedy, a menudo confundido con un adalid del pacifismo, era el presidente de Estados Unidos durante la invasión de la bahía de Cochinos y la crisis de los misiles de 1962, y que durante su mandato, más allá de la política ficción, la situación en Vietnam empeoró terriblemente.

Más conocido resulta el hecho de cómo en septiembre de 1938 el Reino Unido y Francia se bajaron los pantalones ante la Alemania de Adolf Hitler por la crisis de los Sudetes a pesar de advertencias como la de Winston Churchill. Un año después, el Apocalipsis.

Y sería interesante que siempre estuviera presente que Hitler llegó al poder tras el derrumbe de la República de Weimar, sistema político que se instauró con pies de barro sobre la ejecución, ciertamente polémica, de los principales líderes de la Liga Espartaquista, algunos tan conocidos como Rosa Luxemburgo.

Y, por supuesto, es esencial, a estas alturas de partido, que todo el mundo recuerde que en el verano de 1989 parecía imposible que la rivalidad entre Estados Unidos y la URSS fuese a terminar, mucho menos tan rápida e inmediatamente.

Tan solo he citado algunos hechos históricos básicos, esenciales para entender quiénes somos, en quiénes nos pudimos convertir y en qué nos hemos ido consolidando.

Pues bien, si algún escolar español tiene la suerte de enfrentarse a alguno de estos sucesos, más bien de manera superficial –su estudio en hondura es algo tan probable como viajar en el tiempo–, será gracias al buen hacer de su profesor de Historia.

Porque los planes de estudio, de la ley anterior y de la nueva, desprecian sistemáticamente la asignatura de Historia, tanto la de España como la Universal. Y, creo yo, deberían ser dos materias esenciales en la formación de los futuros ciudadanos.

Quizás así miraríamos más allá de nuestras propias narices y unos venados desalmados no lanzarían órdagos tan temerarios e insustanciales –desde cualquier punto de vista que me pongan– como el de los amigotes de Artur Mas en Cataluña.

Pero nada, a gritar y luego callar, esperando a que publiquen la “nueva” última novela del genial Pío Baroja.