Excesos sin mesura

En un país como España, donde la Freedonia de los hermanos Marx tiene más sentido que la república catalana, o donde el presidente del Gobierno, presuntamente registrador de la propiedad, ignora los intríngulis de la nacionalidad española, es difícil enfrentarse a la comedia del absurdo. Solo genios como Mihura o Jardiel salieron airosos del reto.

Álex de la Iglesia, empero, ha realizado algunas buenas comedias excesivas en su carrera, como El día de la bestia, La comunidad o Las brujas de Zugarramurdi, aunque en todas ellas la idea se le iba de las manos en sus treinta minutos finales, cuando la contención desaparecía y el despropósito y la hipérbole ignoraban cualquier sutileza. Sin embargo, el suyo, a veces, es un cine refrescante.

Por eso, y porque el retorno de Raphael a la gran pantalla casa perfectamente con el caos nacional, el pasado fin de semana me acerqué a ver Mi gran noche, el último proyecto del ex presidente de la Academia. En este caso nos enfrentamos a la caótica grabación de un programa de Nochevieja con intentos de asesinato, peleas por un frasco de semen, chistes privados y la reconfortante recuperación de la vieja figura del gafe.

Mi gran noche, a pesar de algunos excesos en forma de morreo o situaciones casposas, comienza con una interesante primera media hora, un planteamiento que presenta a una docena larga de personajes y los enlaza en las tramas más enrevesadas, absurdas y chuscas que puedan imaginarse. Un principio prometedor, con fuerza, en el que sobresale la autoparodia que Raphael hace de su propio mito.

A partir de ahí el guión, realmente ambicioso, va perdiendo intensidad. Los buenos gags, que los hay, van escaseando y el absurdo, como le ha pasado tantas veces a Álex de la Iglesia, fagocita todo el interés que el espectador pueda tener en la suerte de los personajes. Pasárselo bien no consiste necesariamente en verlo todo más basto, complejo, elefantiásicamente disparatado. La mesura, en la comedia, siempre tiene cabida, como demuestra la magistral Una noche en la ópera.

Mi gran noche, no obstante, es una película con numerosas virtudes. Su reparto es el de una gran superproducción a la española, con caras conocidas para todos, como Mario Casas, Hugo Silva, Carmen Machi o Terele Pávez, y otras solo para los amantes de la tele, lo que aporta chistes exclusivos para los que conozcan al personaje en cuestión.

Aparte, la peli se atreve con algunos números musicales con encanto, magia y, una vez –Bombero–, con gracia. Incluso De la Iglesia se ha atrevido con un homenaje al mismísimo Bob Fosse. Por otro lado, hay algunas situaciones realmente cómicas, como la relación que (des)une a los dos presentadores, o la ingenuidad rijosa del personaje de Casas.

Pero todas estas sutilezas se pierden en ese final que, también, homenajea chapuceramente al de El guateque de Blake Edwards y Peter Sellers. Lo mejor, repito, es la ocurrencia de recuperar a la vieja figura del gafe, buena idea que, empero, no siempre se usa con tino.

Mi gran noche, a pesar de todo, demuestra una vez más que el cine español, en los últimos años, ya no es una simple paja mental de unos cuantos autores sino que ahora, sobre todo, se abre al público; con mejor o peor fortuna, pero con voluntad de vender entradas.