Robinson en Marte

Al margen de su labor como productor, Ridley Scott es uno de los directores más interesantes de las últimas décadas. Títulos como Alien, Blade Runner, Thelma & Louise, Gladiator o Black Hawk derribado le colocan entre los más grandes cineastas de siempre aunque, como casi todos, en su filmografía encontremos algunos títulos malísimos, especialmente en los últimos años.

Una de las características que más acerca a Ridley Scott a los clásicos es que sus películas abordan todo tipo de temas y estéticas. No hay necesariamente un hilo conector que las una. Como los grandes, sabe ponerse al servicio de la historia y, casi siempre, mejorarla. En ocasiones, incluso, ha servido partir de un guión mediocre para hacer una gran película, como en Black Hawk derribado.

Acaba de llegar a las pantallas Marte –en inglés The Martian, se ve que intraducible para su distribuidora o por las antañonas leyes del Reino–, filme que cuenta cómo un astronauta sobrevive solo, a partir de su ingenio, en el Planeta Rojo durante casi dos años. Es decir, nos encontramos con un replanteamiento moderno de otro clásico, el Robinson Crusoe de Daniel Defoe.

Ciertamente, Marte tiene numerosos puntos en común con el clásico por excelencia de náufragos en isla desierta. Y, sobre todo al principio, resulta muy entretenido ver cómo se las ingenia para cultivar sus propias patatas o va consiguiendo que su vehículo tenga mayor autonomía de rodaje. Y, al igual que Robinson, gran parte de la película se basa en cómo el personaje se graba, se confiesa, en una pantalla a modo de diario.

Marte destaca, sobre todo, por lo bien hecha que está. Dirección artística, montaje, fotografía, efectos especiales… todo sirve a una historia que cumple modélicamente con la gramática cinematográfica más sencilla y plausible –entiéndase en su acepción primera del DRAE–. Así, uno puede atender sin distracción a ver qué será de nuestro particular héroe.

Y todo marcha bien, de manera verosímil, hasta la media hora final, donde el tono realista se desvía hacia terrenos más propios de otros géneros. Pero el detalle se perdona porque, después de todo, estamos ante una película que precisa de un final feliz.

El principal problema que le encuentro a Marte, como me ocurre con todos los libros y filmes de náufragos, es que, una vez pasada la primera hora de su larguísimo metraje, la parte central se me hizo pesadísima. Es cierto que hay otros personajes, en la Tierra o en una nave especial, que el elenco es digno de una superproducción de los 70, que hay buenos diálogos… pero al final me cansa eso de tanta soledad y monólogos en el desierto.

A pesar de ello, y gracias al protagonismo de Matt Damon y la experta dirección del artesano Ridley Scott, Marte es una película espléndidamente realizada, interesante, novedosa en su planteamiento realista del tema marciano, una joya entre tanto estreno mediocre que nos va alejando del cine. Scott, parece, ha vuelto, algo interesante si tenemos en cuenta que, más allá de su importante obra como productor, es uno de los directores más capaces de los últimos 40 años.