Memorables: El precio del poder

Desmesura. Pura desmesura. Cuando hablamos del moderno cine de gángsters -lejano al más sintético, a veces hagiográfico, de los años 30- solemos quedarnos con los nombres de Coppola y sus Padrinos, Scorsese y, todo lo más, de Sergio Leone. Pero no hay que olvidarse de Brian De Palma, que ha tocado el tema del crimen organizado en numerosas películas como en Los intocables, Atrapado por su pasado y, sobre todo, la desmesurada El precio del poder.

El título original de la película es Scarface, clara referencia a Scarface, el terror del hampa, mítico título de 1932. Como en esta, en El precio del poder asistimos al ascenso, desde un campo de refugiados a una mansión quintaesencia del nuevo rico, de un inmigrante cubano que, sin cortarse un pelo, se convierte en un capo demasiado grande para que le admitan propios y extraños.

Su nombre, Tony Montana, el legendario Tony Montana, ese excesivo sujeto encarnado por un excelso Al Pacino que, desmesurado, en ocasiones histriónico, borda el acento cubano para meterse en la piel de un mafioso que, desde entonces, ha sentado, en el cine, más cátedra que Michael Corleone -en el sentido interpretativo, me refiero-.

Tony Montana no se conforma con un lento ascenso, con ser un matón más; lo quiere todo, y lo quiere ya. Una suerte de una enfermiza concepción del YOLO, del Carpe Diem, que, finalmente, le lleva a la secuencia final, ese famoso tiroteo en el que el protagonista, encocado literalmente hasta las cejas, se enfrenta a la muerte más violenta que uno recuerda.

Junto al monumental Pacino/Montana, la película se apoya en otras grandes interpretaciones, como las de la deliciosa Michelle Pfeiffer, el siempre eficaz Robert Loggia o la de F. Murray Abraham.

Dentro de su desmesura, El precio del poder tiene sus momentos delicados, como la escena de la visita de Tony Montana a su madre. Pero, ¿qué es eso comparado con el protagonista cortejando a la chica bailando de la manera más hortera y torpe de la historia?

Tony Montana, desmesurado, es un personaje icónico, un ser implacable que lo quiere todo y que, cual Fausto sin mesura, termina cayendo por sus propias ínfulas. Montana, un mafioso, un nuevo rico, un hortera de bolera, parte de la Historia del cine, modelo profético de los grandes canallas -reales- del siglo XXI.