El eterno bochorno

El pasado 12 de octubre España sufrió otro de esos convulsos ataques autodestructivos que tan bien la caracterizan, como ya insinuó Salvador de Madariaga en las postrimerías de la II República. Por un lado, los aprovechados de siempre intentaron hacer de la fecha un gran acontecimiento de fervor patriótico sin más contenido que sus propios intereses. Por otro, los memos de siempre renegaron de la efeméride por considerar que el descubrimiento y la conquista de América fueron un simple genocidio.

El hecho de que algunos de estos espíritus libres que siguen considerando a Colón, Cortés o Pizarro como simples asesinos sean personas notables (?), conocidas, incluso con cargos políticos de importancia, tan solo es un añadido más al ya endémico absurdo español. Estaremos en pleno siglo XXI, pero da la impresión de que estamos presos en un episodio nacional galdosiano lleno de personajes incultos, fanáticos y estólidos.

El 12 de octubre de 1492 comenzó uno de los episodios más apasionantes de la Historia universal, así considerado en todos los rincones del globo. Con muchas sombras –por ejemplo, en 1520 ya no quedaba un solo taíno vivo en las Antillas– la expansión española en América se hizo a partir de numerosas hazañas, asombrosas entonces y aún más desde la perspectiva histórica, una fe ciega –a menudo fanática– y una mezcla de ambición política, económica y homérica, en el sentido de emular al gran Alejandro Magno.

Insisto en que, en las conquistas de Cortés, Pizarro o Valdivia hubo enormes sombras, mucho menos oscuras si contextualizamos los hechos. En cualquier caso, si los dos primeros vencieron, respectivamente, a los inmensos imperios azteca e inca fue porque, para los aliados indígenas que luchaban a su lado, fueron auténticos libertadores, grandes héroes que vencieron a crueles tiranías que tenían sometidos a numerosos pueblos de México y Perú.

En cierto modo, la conquista española se parece enormemente a la romana de la Península Ibérica. Con sus numerosas sombras, los romanos hicieron de la vieja piel de toro un lugar con nuevas leyes, un nuevo idioma, otras costumbres… un lugar digamos que más civilizado que con lusitanos, arévacos o pelendones. Pero, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?

De todas maneras, la Historia debería servirnos para acercarnos a unos hechos, analizar las circunstancias históricas, contextualizar los actos y sacar, desde la mesura, nuestras propias conclusiones.

Los ataques contra la conquista española de América parten, en primer lugar, desde el fundamentalismo, desde el fanatismo, desde las posturas más radicales cuya principal fuente es el rencor, el odio, la oposición extrema a todo lo que huela diferente a los propios efluvios. Es el triunfo del dogmatismo laico, de la tiranía de lo políticamente correcto.

En segundo lugar, de modo mucho más salvaje y contundente, esos ataques nacen de la ignorancia, de la falta de educación, del dejarse llevar por la doxa, por la opinión recibida gratuita y acríticamente, del sentido vacuo y unilateral de la propia soberbia… son hijos de la escasez cultural de un pueblo ignaro, lógicos en un país donde el sistema educativo coloca la Historia en penúltimo lugar –solo por delante del propio idioma–.

El pasado 12 de octubre volví a sentirme abochornado por el espectáculo que dimos al mundo que, empero, parece demasiado ensimismado en sus propios problemas como para prestar atención a nuestras múltiples carencias.

Tan solo, como propuesta de solución, bastaría con que los hunos y los hotros leyesen, por ejemplo, La conquista de México, de Hugh Thomas, para que comenzasen a cambiar las tornas. Aunque sé que soy demasiado optimista al pensar que todos los membrillos que dan la nota tengan la capacidad de leer y entender un libro.