Los aeropuertos y el Estado

Viajar en avión se ha convertido en un asunto harto estresante. El ingente número de veces que te piden el DNI o la tarjeta de embarque no es nada comparado con los precios leoninos con los que te castigan si tienes la osadía de apetecer un café, un bollo o, simplemente, un trago de agua.

Nada de esto tendría mayor importancia si no entraran en juego numerosos elementos que afectan a las leyes, los derechos y, sobre todo, el Estado. Los aeropuertos, a la postre, son el primer gran síntoma de la descomposición de los Estados occidentales.

Sobre todo por eso que llaman controles de seguridad y no son más que un simple paripé, extenuante, exasperante, exagerado… inútil en cuanto, que se sepa, no pillan un solo terrorista mientras afectan a todos los viajeros, tratados, en contra de la ley, como presuntos terroristas.

El asunto torna en desmoralizador, cargante, cabreante, trágico cuando se trata de dos particulares perspectivas:

1º Los pasajeros que viajan en clase business tienen un acceso preferente a la hora de pasar los controles de seguridad. Es decir, si pagas más por tu viaje las compañías te permiten saltarte a la torera las larguísimas colas que presuntamente establecen las autoridades.

Es un flagrante insulto al artículo 14 de la Constitución, a la igualdad ante la ley. Porque, no lo olvidemos, no se trata de facturar una maleta, sino de pasar una supervisión obligatoria establecida por las autoridades en aras de la seguridad colectiva. ¿Se imaginan que, según el precio del coche, uno pudiese saltarse un control del alcoholemia, correr más en las autopistas?

2º Peor aún es que de estos controles, en Londres, Berlín o Madrid, se encargan guardias de seguridad privada en lugar de las fuerzas de Seguridad del Estado. Es el fracaso absoluto del monopolio de la violencia que, en teoría, posee el Estado por mor del contrato social.

Se oyen muchas quejas -por otro lado lógicas- por la privatización de la Sanidad, pero nadie dice nada sobre que un segurata se encargue del trabajo de un policía o un guardia civil. ¿Para cuándo los controles de alcoholemia en manos de alguna malévola multinacional? ¿Por qué no combatir el tráfico de droga con mercenarios?

Occidente, también en esto, sigue renunciando a los principios en los que se sostiene, sobre los que se construyó. Su colapso camina cada vez más cercano, acechante, como una tenebrosa sombra disfrazada de esos cuervos que, ya bien alimentados, vienen a comérsenos los ojos… y no, como nos intentan hacer creer, con formas y modos de terrorista.