Los Nobel de siempre

Como todos los premios, los Nobel están abiertos a la polémica, a la opinión particular sobre la bondad o error de cada galardón. Cuando, en 1901, la Academia Sueca no le concedió el primer Nobel de literatura a Tolstoi –que vivió hasta 1910–, 42 escritores y artistas suecos firmaron un manifiesto como protesta por tamaño despropósito.

Si Tolstoi –para mí, después de Shakespeare, el más grande escritor que vieron los siglos– no ganó el Nobel, tampoco hay que darle mayor importancia a un galardón literario que tiene más fama que enjundia. Por supuesto, entre los escritores premiados los hay grandiosos, como George Bernard Shaw, William Faulkner o Juan Ramón. Pero también los hay trasnochados desde el mismísimo homenaje, como Echegaray, u olvidados por el a veces inteligente paso del tiempo.

Aparte, es el premio que no ganaron Galdós, Dos Passos, Borges, Nabokov… y tantísimos otros.

Ahora los suecos le conceden el premio Nobel de Literatura a Svetlana Alexievich, archiconocida escritora y periodista, un grandísimo nombre que destaca sobremanera sobre John Updike, Ian McEwan, Haruki Murakami y tantísimos otros. Pero, si no me equivoco, es la primera persona de nacionalidad bielorrusa que acudirá a Estocolmo a la ceremonia de entrega. Y, para más inri, critica a Putin, con lo que el premio se cubre de esa pátina política que tanto les mola en Escandinavia.

Porque los Nobel de literatura, no lo olvidemos, siempre han estado cargados de un enorme poso político. A eso, en los últimos años, se ha unido cierto gusto por lo exótico que ha hecho del premio algo más universal, globalizado, cosmopolita… como debe ser en estos tiempos tan pedorros.

Así, en los últimos lustros, encontramos entre los galardonados un poeta de Santa Lucía, una cuentista canadiense, un novelista de Trinidad y Tobago y otros de Sudáfrica, Turquía y Hungría. ¿Se premió a Mario Vargas Llosa por su evidente grandeza o, sencillamente, porque había nacido en Perú?

Por otro lado, la lista de los Nobel está llena de escritores cuya fama apenas duró el suspiro que media entre el anuncio y la entrega del premio. Tomas Tranströmer, Herta Müller, Wislawa Szymborska o Mo Yan, galardonados recientemente, apenas han trascendido la frontera de sus respectivos países.

Con esto no quiero decir que los Nobel, de vez en cuando, acierten. Por ejemplo, con los inmensos J.M. Coetzee o Alice Munro. Pero es inevitable pensar que es un premio más folclórico y político –tanto en sentido estricto como en el perversamente correcto– que auténticamente literario.

Lejos quedan aquellos tiempos en que, de chaval, buscaba en la lista de los Nobel aquellos nombres que obligatoriamente debía leer. ¡Había tanta paja en sus entonces más de ochenta años de vida! ¡Y tanta ausencia notable…!

Por supuesto, habrá que dar a Alexievich el beneficio de la duda. Nunca se sabe si este será un buen año. Y que nadie se sorprenda porque gane el Nobel una reportera. Winston Churchill lo ganó por su calidad como historiador, biógrafo y orador. Y es que literatura, aunque ni siquiera lo sospechen nuestros libros de texto, es cualquier cosa que se haga medianamente bien con palabras. Algo de lo que sabía mejor que nadie el divino Tolstoi.