Regresión

Como escribir sobre Regresión, la última película de Alejandro Amenábar, es harto difícil sin desvelar la presunta sorpresa de la trama, comenzaré dando un breve rodeo.

Henning Mankell, el recién fallecido escritor sueco, tras una azarosa existencia se hizo famoso mundialmente gracias a Kurt Wallander, su espléndido detective que, en cierto modo, colocó el género negro escandinavo en el centro del universo. Wallander nació en 1991, cuando Mankell tenía 43 años, y publicó una novela anual con el mismo protagonista hasta 1998. Al tiempo, Mankell escribía libros para niños, obras de teatro, ensayos, etc.

Al otro lado de la balanza nos encontramos con Mariano Ozores, Goya de Honor 2016. Este director rodó casi cien películas. Entre 1980 y 1983 rodó entre cuatro y seis películas anuales. Su extrema prodigalidad creativa diluyó su potencial y resulta imposible encontrar, más allá de la genialidad ocasional, una sola de sus películas que pueda calificarse como redonda. En cualquier caso, como con Wallander, con Ozores por lo menos siempre eres capaz de saber cómo funcionaba la época en la que estrenaba.

Amenábar estrenó Tesis en 1996. Desde entonces tan solo ha estrenado otros cinco largometrajes, moderando así enormemente su potencial que, por otro lado, parece en declive si tenemos en cuenta que, desde su debut, la secuencia es Abre los ojos, Los otros, Mar adentro, Ágora y Regresión.

Al contrario que muchos otros directores occidentales, Amenábar ha tenido el buen gusto de alejarse del gran mundo, de hacer poco ruido, de rodearse de un cierto aura de misterio que combina a las mil maravillas con los viejos auteur, más merecedores –según la crítica y, sobre todo, ellos mismos– del Olimpo que del Parnaso, por eso dignos, desde sus películas, de adoctrinarnos sobre cualquier tema.

Y ahora nos llega Regresión, su requetepromocionado regreso al thriller, o así nos lo han querido vender. En ella se nos cuenta cómo en 1990 un solitario –no sabemos muy bien por qué– policía norteamericano se adentra en la tenebrosa búsqueda de una secta satánica que hace brutales sacrificios humanos.

El filme, con más aleatoriedad que solidez y el peor doblaje que uno recuerda, parece más un docudrama que una auténtica película. Sin personajes sólidos, con una Emma Watson poco creíble –lo que demuestra enorme mérito–, un Ethan Hawke en busca de un personaje y una trama tan previsible como endeble, a la postre el visionado consistió en esperar otro susto para así evitar otro bostezo.

Pero eso sí, el filme se presentó en San Sebastián.

Mankell, por lo que me dicen mis expertos en novela negra, tuvo su década prodigiosa. Woody Allen lleva siglos presentando una película anual, con resultados irregulares pero casi siempre interesantes. Ozores se perdió en el camino de la comedia más gruesa pero supo atraer al mismo público que, lustros después, se dirigió Santiago Segura. Amenábar se prodiga muy poco, se reserva para las grandes ocasiones, supongo que futuras, mientras los Weisntein le siguen premiando con su apoyo.

Cosas que, supongo, poco o nada le importarían al inmortal Kurt Wallander, al que conozco más por Kenneth Brannagh que por sus libros, lo cual supongo es terrible pecado.