El triunfo de las apariencias

Hace algunos días, en un curso organizado por una de esas sociedades “sin-ónimo” de lucro que se las dan de querer cambiar la educación a partir de grandilocuentes discursos repletos de magnificentes palabras, vi cómo el profesor nos mostraba unos cuantos ejercicios calificados con la máxima nota a pesar de sus múltiples defectos.

Escritos en un idioma aproximado, a veces agramatical, fundamentados en argumentos de papel y falacias de acero, carentes de enjundia y vacuos de espíritu, cumplían, empero, con unos criterios de evaluación que priman la estructura sobre el contenido. Es decir, si se exige explicar que A nos lleva a B y así se hace, aunque la explicación carezca de sentido –semántico, lógico o científico–, el trabajo recibe una gran calificación. El triunfo de la forma sobre el fondo.

En la misma línea se sitúan esos torneos de debate, escolares o universitarios, en los que, a pesar de lo que te venden sus organizadores, triunfan aquellos chavales que, aleccionados o no, confeccionan sus estrategias a partir del efectismo, el recurso artero y la palabrería vacua. Da igual lo que se diga mientras se diga bien. Y, aun así, te dicen de nuevo que “ellos” se fijan, y mucho, en los contenidos de los discursos.

Este modelo parece ser el destino de los vientos que soplan en los terrenos educativos. Como es tan difícil evaluar la relación humanista sobre un par de saberes, la observación subjetiva y la reflexión personal, se tiende a la objetivación de los criterios de evaluación a costa de todo lo demás. Se pueden decir memeces, mentiras, exabruptos… mientras se cumpla con las formas, con las apariencias.

El asunto me recuerda a la vieja Atenas, a aquella polis en la que algunos sofistas aseguraban que podían defender convincentemente dos posturas antitéticas –sin dar nunca una auténtica opinión, sin mojarse–, otros afirmaban tener todos los conocimientos del mundo –algo así como algunos físicos de nuestros días– y unos pocos eran capaces de reducir al absurdo, a partir de trucos más o menos baratos, hasta la más axiomática de las afirmaciones.

Fue en aquella Atenas donde surgió Sócrates, el gran padre de todo Occidente, aquel filósofo que se puso a preguntar y preguntar para, tras mostrar que casi todos los sofistas eran unos simples charlatanes, abrir el campo hacia la constante búsqueda de la verdad y, sobre todo, del bien, porque es en el camino hacia el conocimiento donde se evita cualquier caída en el dogmatismo, en el totalitarismo.

Tal y como somos en el siglo XXI, es imposible que nazca, aparezca o trascienda nadie mínimamente cercano a Sócrates. La dictadura de la estulticia, el triunfo de lo grueso, la tiranía de lo políticamente correcto y la endeblez de los aparentes nuevos sistemas pedagógicos permiten la creación de un pueblo sumiso, indolente, borreguil, incapaz de distinguir el sofisma falaz del argumento sólido y enjundioso.

Entonces llega la OCDE y nos recuerda que en España la educación secundaria no prepara bien para el mercado laboral. Y no es eso; de ninguna manera. El colegio no es la universidad ni la formación profesional. La escuela debería servir para crear ciudadanos para una democracia, seres pensantes con espíritu crítico y rigor intelectual.

Pero no hay nada que hacer porque, en cierto modo, esto de la forma sobre el fondo es lo que se lleva, lo que se va a llevar, lo que se demanda… aunque sea una renuncia clara, trágica y temeraria de todos los principios sobre los que se sostiene, mal que bien, la civilización occidental.