El desconocido

España supera con creces la concepción de la Historia como cíclica, pues aquí las cosas, más que repetirse, se enquistan en situaciones aparentemente irresolubles, a menudo malignas y/o absurdas, que, por lo menos antes, explotaban de la peor manera imaginable. Pero, aun así, ahí sigue nuestro país, el gran superviviente a los peores gobernantes del universo.

Sin embargo, el siglo XXI parece querer cambiar algunas cosas. El pasado fin de semana, quizás queriendo comprobar si el cine español ha dejado definitivamente de ser un muerto viviente para convertirse en un proyecto viable de futuro, me acerqué a ver El desconocido, filme dirigido por Dani de la Torre y protagonizada por Luis Tosar.

La película cuenta cómo un hombre queda atrapado –a mitad de camino de las tramas de Speed y Última llamada (la de Colin Farrell)– en su coche con sus dos hijos porque un desconocido ha colocado unas bombas que explotarán si se levantan de sus asientos. El “secuestrador” exige que el protagonista, un director de sucursal bancaria, le devuelva el dinero que en su día le fue sustraído por malas artes que recuerdan mucho al asunto de las preferentes.

Comienza a así la típica carrera contra reloj en el que se mezclan la acción, el drama familiar y la crítica social. En ese sentido, El desconocido funciona como vehículo de actualidad que, casi siempre, entretiene, sobre todo porque los personajes principales están bien construidos e interpretados. Sobresale, claro está, Tosar, estrella tan inmensa que, él solo, podría sostener una industria entera como Ricardo Darín en Argentina.

Pero entonces la película –que, como suele pasar con este subgénero, se enfanga en callejones sin salida– pega una enorme bajón cuando entra en escena la policía y, con ella, los personajes secundarios. A partir de ahí las escenas se alargan muchísimo, las situaciones insostenibles se hacen evidentes y se difumina la trama familiar que, en mi opinión, es la principal virtud del proyecto.

El desconocido, así, deviene en un filme mil veces visto que termina de la manera más típica ignorando verosimilitud, coherencia interna y tensión dramática. Pero, aunque carezca de un guión sólido y la dirección sea amateur, es una película que se deja ver, idónea para la sobremesa de un sábado.

En este sentido, aunque está lejos de ser perfecta, recuerda a las muchas películas fallidas que salen de Hollywood. No es buena, pero tiene una estrella, un par de momentos, unos efectos decentes, una correcta fotografía, etc. No es víctima de un muerto viviente, sino hija de una industria renaciente.

Sí, algunas cosas cambian. Y otras no, aunque Loreak, gracias al euskera, quizás tenga alguna posibilidad en la próxima edición de los Oscar.