Hacia el dislate infinito

Desde Platón y, sobre todo, Aristóteles ha sido una constante en el pensamiento occidental la preocupación por la educación de niños y jóvenes. Futuro en potencia, en ellos recae el destino de cada una de las sociedades de las que forman parte.

Kant, de manera harto ingenua, afirmó que la Ilustración permitiría a los seres humanos salir de su “minoría de edad” para pensar con criterio, libertad y espíritu crítico. Pero la Historia, siempre tan reveladora, siempre tan cruel, ha demostrado que la educación, bien manipulada, puede servir para sumir al hombre en las tinieblas.

Lenin, nada más llegar al poder, se hizo con el control de escuelas y universidades para adoctrinar a los jóvenes. Armado también con el cine, el líder bolchevique creó un cuerpo de vesánicos comunistas que, desde su fervorosa adolescencia, controlaban, amedrentaban y aleccionaban a las masas.

Hitler, no mucho después, se hizo con el sistema educativo alemán para crear hordas de jóvenes criaturas dispuestas a dar la vida por el más disparatado, cruento y bárbaro de los sueños imperialistas.

Ahora, en Cataluña, nos enfrentamos a unas elecciones legislativas que, contra el Estado de Derecho, contra el Imperio de la Ley, políticos y ciudadanos quieren disfrazar de plebiscito independentista.

Y son muchos los catalanes que votarán por esa independencia que se basa no solo en grandes dislates históricos sino también en clamorosas mentiras sobre el presente, embustes que quieren mostrar Cataluña como un remedo de colonia decimonónica en África, un brutal atentado contra el sentido común y un insulto –otro más– contra los africanos.

El sentimiento independentista catalán se ha construido, con la permisividad de los sucesivos políticos de cualquier pelaje –recordemos los pactos del Majestic y del Tinell, el Estatut, etc.–, a partir de una educación manipuladora, artera, hipócrita, lejana a cualquier intento ilustrador y cercana a los modos fascistas de Lenin, Hitler, Mao y muchos otros dictadores del siglo XX.

Así, ahora, nos encontramos con una sociedad catalana que tiene auténtica fe en sus ideas disgregadoras, rupturistas, marxianas… pues durante décadas de mala educación se han corrompido mentes, espíritus, vidas enteras.

Lo curioso es que este proceso oscurantista viene acompañado del discurso del miedo. Ulrich Beck nos advirtió, valga la redundancia, de los peligros de la “sociedad del riesgo”. Así, mientras los que intentan impedir la secesión catalana recurren a argumentos “terroríficos” sobre las consecuencias de una posible independencia, muchísimos catalanes callan, amedrentados ante el acoso, los gritos y la presión de los “creyentes”, de los vesánicos, de los “bien” adoctrinados”.

Personalmente, me resulta increíble todo este asunto. ¿Estamos en el siglo XXI? El universo de los hermanos Marx torna en tragedia mientras continuamos con ese espíritu igualitario y laminador que fomenta una escuela sin excelencia, rigor ni mérito, sin conocimientos, esfuerzo ni exigencia… perfecto caldo de cultivo para la ignorancia, el despotismo… el miedo.

Puro dislate.