La visita

La carrera de M. Night Shyamalan, como la de muchos compañeros de generación, refleja uno de los grandes males del nuevo cine. Tras asombrar, sobrecoger y conquistar el mundo con El sexto sentido, el director continuó entregando buenas películas –El protegido, Señales, El bosque...– que se caracterizaban por una espléndida puesta en escena, el magistral dominio del susto y las sorpresas finales que cerraban los buenos guiones escritos por el propio “autor”.

Así, Shyamalan se convirtió en un gran santón, un director que hacía buen cine que triunfaba en taquilla. Tiempo atrás, algún productor habría servido de freno para los lógicos sueños de grandeza de un joven encumbrado por crítica y público. Pero, ahora no hay de esos, el director se enfangó en una serie de proyectos megalómanos que fracasaron en todos los terrenos. La joven del agua era más pretenciosa que dramática. Y nadie en su sano juicio habría puesto un duro para Airbender después de haber leído el guión.

La suerte es que los fracasos suelen servir para devolver a la tierra a los que se creían dioses o marcianos si hay un mínimo de cordura, humildad y humanidad en su alma –hay otros directores que jamás bajan de su nube por mucho que fracasen–. Y Shyamalan, con un presupuesto de solo 5 millones de dólares, vuelve a sus orígenes y a entregarnos una buena película.

La visita es otro de estos planteamientos de Shyamalan en donde hay más misterio que terror, pero donde el susto –agrandado por el bonísimo empleo del sonido– es parte inherente a la narrativa.

Con la excusa de la visita de un par de adolescentes a unos abuelos que jamás habían visto antes, Shyamalan nos sumerge en la típica casa presuntamente encantada. Pero, lejos de ahondar en lo sobrenatural, todo el filme es un intento de explicar realista y verosímilmente el fondo de la trama que, como al principio de su carrera, culmina en una sorpresa más o menos previsible.

Pero lo que hace de La visita una película interesante no es el género del terror. Bajo lo evidente subyace un drama donde un par de adolescentes, inmejorablemente encarnados en Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, busca su lugar en el mundo de los adultos.

Por ello las mejores escenas, a veces tensas y duras, a veces cómicas, son las que nos muestran a estos dos chavales viviendo, descubriendo, investigando... aprendiendo.

Personalmente, me quedo con el plano secuencia donde la chica, en un espléndido zoom que la va “dejando de lado”, muestra un riquísimo despliegue de recursos interpretativos. Sí, Shyamalan vuelve a los orígenes, pues desde el principio fue soberbio en la dirección de actores.

Shyamalan ha vuelto. Quizás no con su mejor película, pero sí con un filme que se deja ver, entretiene y sobrecoge por el fondo humano que subyace. Tras su paso por la isla de las sirenas, vuelve un director que, espero, nos dará muchísimas alegrías en el futuro. A falta de productores, espero que haya aprendido la lección él solito.