Cortos, que no breves

En su magnífico ensayo sobre Erasmo de Rotterdam, Stefan Zweig arguye que el gran humanista se vio superado por Lutero porque este planteaba cosas concretas frente a las abstracciones llenas de buena voluntad y occidentalidad del autor del Elogio a la locura. Zweig afirma que la gente acepta solo aquello que tiene al más directo alcance de los sentidos.

Quizás por ello la indignación, preocupación y humanidad que sentimos ante la actual avalancha migratoria de refugiados solo trascienden, solo provocan cierta facticidad ante imágenes claras, concretas, brutales tanto en su ejemplaridad como en su minimalismo; imágenes como la del cadáver del niño en la playa o la de la presunta periodista pateando nuestra inevitable condición común.

Así somos, y así funcionamos. Pero, lejos de lo que podría pensarse cuando se estaba fraguando la Modernidad, ya ni siquiera se sabe quién fue Erasmo ni somos capaces de actuar ante los grandes acontecimientos ni según grandes principios ni creencias. Necesitamos la anécdota, el detalle, lo concreto.

Causa y consecuencia de este paulatino acercamiento al sentido tribal, a la aldea global –en su sentido más aldeano–, es la creciente tendencia a alabar, promover y primar los más breves retazos de inteligencia humana. No dejo de escuchar y ver invitaciones al microrrelato, al aforismo, a la brevedad en internet porque los nuevos individuos apenas van más allá del primer párrafo.

Nada nuevo hay en el microrrelato. Estos santones de las nuevas letras olvidan que Aldecoa, Cortázar y muchos otros investigaron la suma brevedad de sus escritos. Y luego se quedó el dinosaurio de Augusto Monterroso como santo y seña de una corriente literaria laminadora que, gracias a las nuevas tecnologías, sirve de disfraz a muchos falsos lectores. ¿Podría nacer una Ana Karénina en Internet?

El aforismo es tan viejo como el hombre. Después de todo, el refrán es una suerte de aforismo. Sun Tzu falleció a principios del siglo V a.C. Baltasar Gracián sigue siendo uno de los españoles más leídos –trágicamente, solo allende nuestras fronteras– gracias al soberbio Oráculo manual y arte de prudencia. Nietzsche fue un maestro del género, pero Oscar Wilde le superó porque fue capaz de incrustar los suyos en grandísimas comedias. Y todos recordamos la espléndida definición de política de Groucho Marx o la lúcida comparación de infinitudes de Einstein.

El problema con los aforismos es que, en la mayoría de los casos, no pasan del tópico, del lugar común, de la repetición, del plagio, de la nadería… en ocasiones de la memez en estado puro.

Pero lo breve es tan democrático que resulta irresistible a lo políticamente correcto; cualquiera puede escribir un aforismo y pasar por inteligente. Y se puede vivir de leer estas frases que proliferan e, incluso, soltarlas hábilmente en cualquier reunión social con éxito y agrado de nuestros compañeros de manada.

Stefan Zweig no convence a filósofos ni entusiasma a los expertos en literatura que defienden el vacío de Proust, Joyce o Woolf. A mi entender, fue uno de los más grandes intelectuales del siglo pasado, accesible, inteligente, humano… Pero, aunque escribió de cosas concretas, comienza a tornar en ininteligible para la gran mayoría porque su brevedad no es la que requieren los nuevos tiempos, dignos hijos de Twitter, de la anécdota, de la sobrecarga informativa que solo frena ante el más escabroso, morboso y sensacional de los detalles.

PS: Si alguien recuerda la cita de Gracián “Lo bueno, si breve, dos veces buenos”, que jamás olvide la condición de bondad. Gracián, también aquí visionario, completó este famoso aforismo con “Y aun lo malo, si poco, no tan malo”, circunstancia que se diluye en la avalancha internáutica e informativa.