Anacleto

Anacleto, el personaje de tebeo, nació en 1964 y mejoró enormemente tras el estreno del Superagente 86 en 1965, lo que valió a Vázquez –siempre atento a la “inspiración” ajena– para ampliar sus recursos humorísticos y paródicos del espionaje. Después de todo, aunque nacido antes, Anacleto es una suerte de Maxwell Smart a la española, torpe aunque eficaz, noble aunque tontuelo y –este es el más afortunado añadido cañí– con enormes problemas para llegar a fin de mes.

Además Anacleto, como el resto de los personajes de Vázquez, protagonizaba unas historietas humorísticas que rendían tributo a la tradición del absurdo español creado, entre otros, por los geniales Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura. Solo que en el tebeo, tan abierto a cualquier posibilidad estética y física, este absurdo se tiñe de un surrealismo chocarrero y simplón.

Acaban de estrenar Anacleto, agente secreto, supuesta adaptación cinematográfica de los tebeos de Vázquez. A primera vista, eso parece, con Anacleto, El Jefe y el Malvado Vázquez en pantalla. Pero solo sus nombres tienen algo que ver con el original.

Para empezar, Anacleto, encarnado en Imanol Arias, es la eficacia personalizada. En ningún momento hace el ridículo y los detalles que nos pueden hacer (son)reír son aportaciones cinematográficas, ajenas a Vázquez y, lo que es peor, a la realidad social española de cualquier época. Supongo que se parece más al auténtico Anacleto el hijo de este, interpretado por Quim Gutiérrez, más por sus nervios que por sus torpezas, pero eso lo tendremos que comprobar si ruedan una segunda parte.

Una de las principales características del tebeo eran las cómicas relaciones entre el Jefe y Anacleto, más cercanas a un ministerio que a una agencia de espionaje. Esto, como todo, desaparece en el filme. Y el malo, Vázquez, aparece aquí como podría aparecer en una de Los Vengadores si no fuese porque lo encarna Carlos Areces, incapaz de vocalizar y con la misma vis cómica que Mariano Rajoy.

Porque esta película, pretendida comedia, se ha puesto en manos de actores tan poco graciosos como los citados Gutiérrez y Areces, o como Rossy de Palma o Emilio Gutiérrez Caba. Berto Romero, que sí tiene talento cómico, lo pierde en el cine. Solo Imanol Arias se salva de la quema del mal endémico del cine español: la interpretación.

Para más inri, la comedia huye de cualquier acercamiento al tebeo, a Vázquez, al absurdo, al tono disparatado y disimuladamente transgresor que respiraban aquellos cómics. Supongo que para Javier Ruiz Caldera y los guionistas aquel humor era demasiado grueso y simplón, no apto para esta comedia triste que solo tiene mínima gracia cuando se tiran del puente Anacleto e hijo, curiosamente la única escena que recuerda en algo a un tebeo de los 60.

¿Por qué nos dicen que es una adaptación del tebeo cuando huye premeditadamente del mismo? Aunque, quizás, sus responsables jamás se hayan acercado a una sola viñeta de Vázquez. Son ganas de quemar y traicionar una creación para hacer otra de estas tristes comedias españolas que pinchan en casi todos los apartados que componen el cine.

Y, lo peor de todo, se hace eterna aunque su metraje sea de solo 87 minutos.