Algunos libros buenos

Quizás parezca una falta de respeto y decoro escribir nada que no tenga que ver con Iker Casillas o, cuando de libros se trata, de Grey. Pero, por sugerencia de un lector, me atrevo a escribir otro de esos artículos en donde recomiendo algunas lecturas, siempre buenas pues, como afirmaba Coucheau, no está bien resaltar lo malo si no es estrictamente necesario.

La falta de tiempo me ha impedido mantenerme tan al día como me hubiese gustado. Sin embargo, en los últimos meses me he topado con algún libro reciente de enorme calidad.

La más agradable sorpresa de 2015 ha sido El lector del tren de las 6.27 de Jean-Paul Didierlaurent, brevísima novela en la que se mezclan los homenajes a los libros, a la lectura y al arte de contar historias. Es una deliciosa novela sobre la soledad y la esperanza, uno de estos libros que sobrecogen y animan al mismo tiempo.

También espléndida me pareció La casa de las miniaturas, de Jessie Burton, novela situada en el siglo XVII que excava en los secretos y rincones del alma. Más ligera es Expo 58, de Jonathan Coe siguiendo el camino trazado por Ian McEwan y William Boyd a la hora de crear una historia de espías en plena Guerra Fría.

Ya en el terreno del humor, me divirtió El efecto matrimonio, de Graeme Simsion, continuación de El proyecto esposa en donde su protagonista, un remedo de Sheldon Cooper, se enfrenta a Nueva York, la vida en pareja y la próxima paternidad.

Aunque no sean exactamente novedades, se me antojan imprescindibles dos títulos: por un lado, la nueva traducción que Alba Editorial ofrece de Los hermanos Karamazov; por otro, la espléndida biografía de Isabel II que Isabel Burdiel publicó en 2010, largo, intenso y profundo libro cuyo disfrute espero terminar este próximo agosto.

Ya sin novedad ninguna, entrando así en el terreno de las relecturas, recomiendo un proyecto de tres novelas inglesas construidas en torno al tema del declive de las viejas casas-mansiones de campo: Regreso a Howards End, de E.M. Forster, lleva tan lejos la ironía que uno no sabe si hay algo serio en este magnífico retrato sobre las tensiones entre conservadores y liberales de principios del siglo XX; Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, cuenta, sucesivamente, una peligrosa amistad y una historia de amor en la cambiante Gran Bretaña de los años 20 y 30; por fin, Expiación, del gran Ian McEwan, un reflejo brillante de aquellas otras dos novelas.

Estos tres títulos tienen sus equivalencias audiovisuales que, en ningún caso, están a la altura de la prosa y excelencia de las narraciones originales. En cualquier caso, su lectura ganará en reflexión y espectáculo si se combina con la revisión de las respectivas series y películas.

Por fin, continuando con los clásicos, este verano me he sumergido en la relectura de Otelo, quizás la obra de Shakespeare que más gana en el escenario y más pierde en su lectura. A pesar de ello, nada como entregarse a la maldad absoluta del Yago logorreico de sus tres primeros actos.

En cualquier caso, como siempre sugiero, la cuestión es, ahora que muchos tendremos tiempo libre, entregarse al sano vicio de la lectura de todo aquello que nos guste y nos ayude a olvidarnos de los problemas vacuos y de los serios, de la rutina, el aburrimiento y, llegado el caso, la existencia. La escritura y la correspondiente lectura siguen siendo el mayor adelanto de la civilización… en todos los sentidos.