Terminator Génesis

Si no recuerdo mal, al principio de The Terminator, la peli que dio origen a esta saga (?), se dice que se enviaron dos robots desde el futuro para asesinar a Sarah Connor, la madre del líder de la resistencia contra la tiranía del ordenador Skynet. ¿Dos robots? ¿Cuántos llevamos desde 1984?

Ahora nos llega Terminator Génesis, el comienzo de una nueva trilogía que se estrenará antes de 2019, año en el que los derechos retornan a James Cameron, creador de este mundo paralelo y que, paradójicamente, afirma que este estreno de 2015 es la auténtica tercera parte de este galimatías de idas y venidas en el espacio y el tiempo.

Es difícil abordar la crítica de Terminator Génesis sin fastidiar el factor sorpresa, quizás la principal –si no la única– virtud de la película. En cualquier caso, con el retorno de Arnold Schwarzenegger como el robot que ya nunca más será malvado, el filme es una suerte de alternativa en el espacio-tiempo a lo que ocurría en la peli de 1984.

Por eso, la principal duda que surge es si alguien que no haya visto las dos primeras entregas de Terminator será capaz de entender este estreno de 2015. Cuesta creerlo. De todas maneras, el filme se estructura de tal manera que solo los fans de la saga podrán disfrutar a partir de la comparación entre esta y aquellas, sin duda infinitamente mejores.

Terminator Génesis se pasa tres pueblos con las cuestiones de jugar con los viajes en el tiempo. El asunto se lleva a tal extremo que es mejor dejar de lado cualquier intento de análisis serio. Las cosas funcionan así, y así habrá que entender el asunto cuando lleguen las ya anunciadas secuelas.

Los viajes en el tiempo, sin embargo, no son lo único en carecer de lógica interna o externa. Como todo es posible en el mundo de los Connor, Terminator y Skynet, el guión y el director han pasado se respetar ninguna regla: por ejemplo, un helicóptero consigue remontar el vuelo tras una caída libre en plan paracaidista; o los hiperracionales robots asesinos hacen prisioneros… Hasta Georges Méliès sabía que el cine debe ser, cuando menos, mínimamente creíble y coherente.

Pero el peor pecado de Terminator Génesis es pasarse por el arco del triunfo los principios cinematográficos más básicos. No hay continuidad visual ni argumental. Por ejemplo, Schwarzenegger se queda a solas con el malo malísimo en lo que parece va a ser la madre de todas las peleas. Más adelante, aparece sano y salvo, solo, sin que sepamos qué ha pasado, si es que algo ha sucedido. Pura, cochina y jodida trampa.

Aparte, más allá de la presencia de Arnie y Emilia Clarke –que divierte porque ella es Daenerys Targaryen–, el elenco del filme, tanto en su presencia como en sus respectivas interpretaciones, es propio de un telefilme de serie Z.

A pesar de todo, he de reconocer que me entretuve viendo Terminator Génesis, sobre todo porque dediqué las escenas de acción a elucubrar y comparar esto con aquello que vi, amé y me apasionó en mi adolescencia. Uno sigue acudiendo en peregrinación a ver las continuaciones –malas o peores– de aquellas películas cuando quizás haya llegado el momento de decir basta antes de que el robot Schwarzenegger, además de envejecer, comience a reproducirse.