Espías

Desde que en 1962 se estrenara Agente 007 contra Dr. No se abrió un maravilloso nuevo mundo para el espectador: los agentes secretos, los espías, eran una suerte de vaqueros modernos inmersos en una vida que, más allá de los peligros, estaba llena de glamour, lujo y proezas, misiones y artilugios tan cercanos a la realidad como el mundo de Oz de Dorothy.

James Bond fue la punta de lanza de un subgénero que mezcló la sofisticación con la fantasía y la aventura. Quizás por ello casi desde el primer momento nacieron sus parodias, con El superagente 86 –que comenzó a emitirse en televisión en 1965– y Casino Royale –la de Peter Sellers y David Niven– a la cabeza y con el teniente Frank Drebin como su máximo exponente.

Solo en este año se han estrenado dos parodias del mundo de los agentes secretos. Hace algunos meses hablé de Kingsman: Servicio secreto. Y el pasado viernes se estrenó Espías, dirigida por Paul Feig, director que se fogueó rodando para la televisión episodios de The Office y Nurse Jackie y cuya mejor obra seguramente sea La boda de mi mejor amiga.

Precisamente en esa película sobresalía la presencia de Melissa McCarthy, cómica con sobrepeso que, quizás por ello, basa su gracia en el exceso, los gritos y el lenguaje malsonante. En algún lado he visto cómo la comparan con John Belushi, algo tan exagerado y grueso como casi todas las películas de esta estrella de nuevo cuño.

En Espías, empero, McCarthy sirve de perfecto vehículo para sustentar y mejorar el proyecto: encarna a una cohibida chica de la CIA que trabaja en los sótanos, la ayudante eficiente y responsable de los “auténticos” agentes secretos hasta que no hay más remedio que enviarla a una peligrosísima misión.

McCarthy, más contenida que otras ocasiones, ha encontrado un contrapunto magnífico en dos de sus acompañantes, a su vez lo mejor del filme: Rose Byrne, que hace de mala, interpreta a un personaje a medio camino de lo sofisticado absoluto y lo choni, así el reflejo esperpéntico y la réplica mordaz de la protagonista; y Jason Statham, hilarante en una memorable autoparodia.

Este trío comanda una película de buenos y gruesos chistes humor que, en su primera hora, provoca numerosas y sinceras carcajadas, que huye de la verosimilitud en aras del humor y que solo sucumbe cuando se alarga en demasía o repite gags que, ya en su primera aparición, se adivinaban estomagantes. En ese declinar de la segunda hora llega la oportunidad de fijarse en que el guión es del propio director, que quizás también habría necesitado un contrapeso.

En cualquier caso, y aunque nos encontremos con otra parodia más de las pelis de espías/agentes secretos, Espías es una película que hace reír, entretiene y demuestra que, cuando hay talento, hasta el exceso verbal más exagerado puede tener muchísima gracia.