La buena universidad la hacen los alumnos

Teniendo en cuenta que nuestro sistema educativo escolar, a partir de la LOGSE, se miró en el espejo del estadounidense –aunque nuestros institutos carezcan de las espléndidas instalaciones de muchos high schools– deberíamos observar cómo allí, en los últimos lustros, lo mismo puede ser reelegido presidente un mentiroso que menudear los casos de violencia racial y religiosa como, si en lugar de haber pasado el tiempo, la ignorancia del americano medio permitiese viajar al pasado más oscuro.

La ventaja que posee Estados Unidos sobre nosotros es que, desde la universidad, saben construir una élite que, aún, les permite estar a la cabeza del mundo en casi todas las disciplinas. Y si no saben construirla, la compran llevándose los mejores universitarios y profesionales del resto del mundo.

Allá, mientras la enseñanza en los colegios es mediocre, en las universidades, en las más famosas y otro gran puñado de espléndidas instituciones, saben unir a magníficos profesores con los mejores estudiantes para crear una clase ilustrada de primer nivel. Otra cosa es si las masas terminarán con lo que Churchill llamaba la “Gran República”.

Aunque parezca lo contrario, las grandes universidades la hacen los alumnos. Hace algunos años una prestigiosa institución española de enseñanza superior quiso crear la gran universidad española. Para ello contrataron espléndidos profesores nacionales y extranjeros. Pero fracasaron porque los mejores escolares preferían ir a ICADE o ICAI, cuyos métodos de selección y fama permiten superar, mal que bien, el endémico nepotismo que nos afecta.

ICADE, en cuanto a profesores, no es ni una sombra de lo que fue. Cuando estudiaba allí, finales de los 80 y principios de los 90, aún frecuentaban las aulas conspicuos jesuitas y los mejores profesores de Complutense y Autónoma daban clases en las facultades de Derecho y Empresariales. El nivel del profesorado, como el del resto de la sociedad, ha bajado notablemente, pero allí siguen estando los mejores alumnos de España, si exceptuamos Cataluña y País Vasco.

Y así se construyen las grandes universidades. Un gran catedrático poco podrá hacer si sus alumnos apenas saben leer y escribir. Pero estudiantes con inquietudes, espíritu crítico, aptitudes y actitud podrán solventar los obstáculos que supone tener un profesorado mediocre. La convivencia con otras personas sobresalientes es un estímulo indispensable para la formación integral del universitario.

Los chavales que, con título, salen de ICADE están peor formados que los de hace 10 años, infinitamente menos que los de hace cuarto de siglo. La raíz del problema consiste en que, gracias a las sucesivas reformas educativas, cada vez se sale peor preparado del colegio, por mucho que la propaganda oficial nos invite a pensar lo contrario.

Si eso ocurre en ICADE, ¿qué no pasará en el resto de facultades? Las carreras más prestigiosas, aquellas que piden más nota de entrada –en ese absurdo sistema basado en la Selectividad– se nutren de los mejores alumnos. Así, aunque cada vez más alejados del sentido humanista de la existencia y del espíritu crítico, ingenieros, médicos, arquitectos… siguen conformando lo mejor de su generación. Pero, ¿auténticamente bueno?

¿Y en el resto de carreras, alimentadas a menudo con chavales sin una mínima formación, ajenos al rigor y a la excelencia? Una buena universidad no puede crearse sin alumnos excelentes. Y ese es un punto que no entra en esos baremos internacionales que no incluyen a nuestras facultades entre las 200 mejores del mundo. Aviados estamos.

Como digo, Estados Unidos sigue creando una élite intelectual aunque corre el peligro de ser fagocitada por el lumpen ignaro que sale de sus escuelas. Hace años algunos iluminados se miraron en ese espejo para crear nuestro modelo educativo, basura en estado puro. Solo que nosotros no hemos creado un sistema de generar élite.

Y los residuos del viejo sistema, los grandes médicos e ingenieros, ¿no están marchándose en masa a trabajar en el extranjero? Nuestra ventaja, quizás, es aquí quede poco o nada que fagocitar. De momento, conformémonos con nuestra clase política, la vieja y la nueva.