Jurassic World

Al comienzo de la película la protagonista, directiva responsable de Jurassic World afirma –no  sé si autoparódica o inconscientemente–  que “el consumidor quiere cada vez productos más grandes”. Espléndido resumen de esta continuación de la trilogía de Parque Jurásico, estrenada en 1993.

Sí, han pasado 22 años desde que nos llegase aquella película de Steven Spielberg, mascarón de proa de una revolución tecnológica que, con el paso del tiempo, ha permitido hacer películas más grandes, más fuertes, más rápidas… más sosas.

Jurassic World parte de que el proyecto del parque temático con dinosaurios vivos se ha convertido en un gran éxito. Pero hace falta renovar la oferta, y por eso los científicos recurren a la hibridación para crear un superbicho que, en aras del espectáculo, será superchungo gracias a contar con genes de tiranosaurio, velocirraptor, rana y, cosas del cine, sepia.

El punto de partida, entonces, huye de la sorpresa, porque el superbicho se escapará y sembrará el pánico en la isla donde, ese preciso día, hay más de 20.000 visitantes. Todo después de una primera media hora de presentación de personajes –previsibles, arquetípicos, en la línea del Spielberg empresarial– con la música a todo volumen.

A pesar de lo dicho, Jurassic World supera ampliamente el nivel medio del género porque, seamos sensatos, los actuales supertaquillazos –hijos de la hoja de cálculo, el márketing y la escasez intelectual– ya tienen suficientes señas de identidad como para conformar un auténtico y exclusivo género cinematográfico. Por tanto, dentro del mismo hay buenas y malas películas.

Y Jurassic World no está mal, aunque tampoco sea el mejor supertaquillazo de los últimos tiempos. Entre sus virtudes menos evidentes destaca la pareja protagonista, formada por el ascendente Chris Pratt, que llena pantalla, y Bryce Dallas Howard, espléndida actriz merecedora de un Hollywood con más visión y conocimiento.

Uno de los mejores momentos de Jurassic World llega cuando la inevitable pareja de niños llega al viejo Jurassic Park. En ese momento te das cuenta de lo muchísimo que han evolucionado las cosas en estos 22 años. Parece otro mundo, el real, que, sin embargo, ahora carece de la creatividad de los 90 –que tampoco fue la década prodigiosa–.

Y comparando estas dos películas, madre e hija, los nuevos cineastas podrían aprender muchísimas cosas. La nueva, Jurassic World, va a toda mecha, no para, su ritmo es imparable. Parque Jurásico, la vieja –solo en apariencia, no en enjundia–, también poseía un ritmo vertiginoso. Pero, cuando era necesario, Spielberg recurría a la pausa, al momento de tranquilidad, a ese paréntesis que daba descanso y, sobre todo, aumentaba la tensión dramática. Por eso la anciana ha devenido en clásico y la nueva no pasará de ser un exitazo pasajero.

Jurassic World ha recaudado más de 500 millones de dólares en todo el mundo durante su primer fin de semana de exhibición. El público reclama productos más grandes y espectaculares; se los dan; reacciona positivamente, como los perros de Pavlov.

Por otro lado, ¿qué sentido tiene hacer comparativas de taquilla basándose en la recaudación y no en el número de espectadores? ¿No es otra forma de engañarnos a partir de los números? Porque, aunque no recuerde exactamente cuánto, la entrada de Parque Jurásico me costó 22 años menos que la de Jurassic World.