Polémicas y contradicciones postelectorales

Seguramente es culpa de que sigamos teniendo un sistema decimonónico para la formación de parlamentos autonómicos y ayuntamientos: hay tanto tiempo entre las elecciones y la formación de las asambleas que en algo hay que ocuparlo para mantenernos entretenidos.

Si no, no se explica que estos días se hable más de lo que NO hace el presidente del Gobierno y del PP –trágica promiscuidad que tan bien define nuestro sistema político– que de lo que podría ser de nosotros.

Aparte, solo en un país como España se puede hablar de debacle electoral del partido que, en número de votos, ha ganado los comicios (1). La falta de práctica en pactos, la aparente necesidad que tiene nuestra partitocracia de mayorías absolutas y la soledad de los que, de momento, mandan provoca que estemos tan desorientados.

Algo lógico si tenemos en cuenta que, a pesar de Bárcenas, Gürtel, Púnica y un eterno etcétera, el PP haya vuelto a ganar, en número de votos, las elecciones. ¿Alguien puede explicarse cómo Esperanza Aguirre, a pesar de haber huido de los munipas, haya sido la candidata más votada en Madrid capital?

Lo que, a su vez, es fruto de las listas cerradas y de la enorme confusión que rodea a nuestras filias y fobias. El PP se toma como el partido del orden cuando pasa del Estado de Derecho en su propia financiación; se toma como ejemplo de democracia cuando todo en él depende de un solo dedo. Los cercanos a Podemos se declaran los paladines de la libertad cuando consideran a los neoliberales como el colmo de los males. Y el PSOE sigue alardeando de seguir ahí a pesar de los pesares.

¿Y Ciudadanos? Otro más de una lista de partidos más amplia que antes, lo que a todos debería congratular. Hay que esperar a ver cómo marchan las cosas y cómo se comportan nuestros presuntos representantes ante el dilema de comportarse como adultos a la hora de cuidar el presente y el futuro de los consistorios y pseudoestados autonómicos.

Pero, ¿cómo hacerlo si son muchos, demasiados, los que comienzan a lanzar exabruptos como si siguiésemos en 1936? ¿Cómo conseguirlo si solo alcanzan las primeras planas los que más ruido hacen? ¿Cómo llegar a unos mínimos de decencia y dignidad si los dos viejos –en sentido literal– partidos ignoran cualquier regla democrática a la hora de conformarse y funcionar?

Hay que tener paciencia; esperar. Porque si unos, en su programa electoral, abogan por evitar los desahucios, habrá que esperar a que lo hagan siguiendo o cambiando la ley. Habrá que tener un mínimo de confianza –yo, megaescéptico, tengo un ápice de esperanza– en que por fin nuestros políticos actúen con responsabilidad, mesura, cordura, honradez y, sobre todo, respecto a las instituciones y las leyes.

Ha llegado la hora, creo y espero, de que se vayan los vocingleros y los estólidos para que por fin la ciudadanía sepa mirar la realidad con espíritu crítico y un mínimo de calma y objetividad. Así, quizás, comience por fin a nacer entre nosotros el respeto al sistema democrático.

De momento, podemos consolarnos con que la FIFA, como de todos era bien sabido, parece mucho más corrupta que la vieja piel de toro. “Cuentan de un sabio que un día…”.

(1) En las elecciones del domingo de nuevo ganó la abstención. ¿Llegará el día en que los españoles acudan entusiasmados a las urnas en lugar de a votar en defensa propia?