Ahogados

El septiembre que viene, cuando los alumnos de 1º de Bachillerato comiencen el nuevo curso según los dictados de la LOMCE, Historia solo será obligatoria para aquellos que hayan optado –o no– por el itinerario de Ciencias Humanas y Sociales que, para entendernos, es el equivalente, desleído, de las antiguas Letras.

La nueva ley educativa, como sus antecesoras, desprecia la Historia como hace nuestra sociedad pues, según he llegado a escuchar, esta asignatura tiene “poco futuro”. La LOMCE, recordemos, mantiene Filosofía como obligatoria en 1º de Bachillerato pero la convierte en optativa en 2º, no vaya a ser que los chavales se cansen de pensar.

Mientras tanto, allá en Oviedo –ciudad que, antaño, fue capital de un reino– premian a Emilio Lledó, ilustre intelectual español que, en una entrevista, invita a los jóvenes españoles a estudiar Filosofía en la universidad. A veces asombra la distancia que hay entre las ideas y la realidad.

En España, en todos los ámbitos, se desprecian los estudios humanísticos por su escasa utilidad práctica. Hay, incluso, universidades privadas de élite que prefieren los alumnos de ciencias a los de letras aunque sea para estudiar Derecho y Empresariales. En serio, ¿a quién le gustaría que su hijo cursase la carrera de Filosofía o de Historia?

Hace bastantes años tuve la suerte de asistir una conferencia de Emilio Lledó justo un día después de haber escuchado a Julián Marías. Gracias a estos dos filósofos en un par de horas aprendí más que en el último curso de Derecho. Aparte, disfruté enormemente porque, creo, entendí lo que decían y sus palabras me invitaron a la reflexión.

Ahora, mucho después, me cuesta creer que muchos de los actuales universitarios sean capaces de entender las palabras de Lledó o Marías, mucho menos sus ideas. Aparte, me pregunto a quién podrían escuchar para aprender mucho y bien. No se me ocurre ningún nombre de menos de 60 años que pueda considerarse un intelectual de primer nivel. En cambio, son muchos los nombres de charlatanes de feria que aparecen por ahí, en tertulias radiofónicas, columnas periodísticas o auditorios, para sentar cátedra desde la vacuidad espiritual e intelectiva.

Así, desde esta perspectiva depresiva y desesperanzada, ¿cómo se pueden afrontar las elecciones de este domingo, de nuevo con listas cerradas y programas abstrusos y/o etéreos? La campaña electoral –que, no nos engañemos, se abrió hace ya muchos meses– ha sido un canto a la ramplonería, los lugares comunes y las mentiras. Habrá más partidos, pero mi desencanto y decepción son, como mínimo, idénticos a los de hace un año.

Por eso, aunque me acusen de apoyar al sistema partitocrático bipartidista, el sábado iré al cine en lugar de reflexionar. Y el domingo lo dedicaré a la lectura de algún clásico de esos que ahora, en el colegio, son simples nombres colocados en cualquier rincón de algún pésimo libro de texto.

Occidente está enfermo por el olvido de sus principios esenciales. España se ahoga en un mar de ignorancia y mediocridad al que nadie parece querer poner solución. Lástima.