Huérfanos

Hace aproximadamente un mes Felipe González, con el tiempo convertido en un gigante por la mediocridad de sus sucesores, afirmó que cualquier político, aun imputado, podía presentarse a unas elecciones mientras una sentencia no demostrase su culpabilidad. El expresidente del Gobierno dio así voz a lo que es sensación general: solo la justicia penal puede desacreditar a un político.

Sin embargo, hay que recordar el viejo aforismo, paráfrasis de una cita de la segunda mujer de Julio César, que reza “en política no solo hay que ser honrado, sino parecerlo”. Que no haya delito o falta no significa que un político no haya actuado mal. Se puede ser golfo sin condena, como tampoco hay penas jurídicas para la inepcia, la pereza o el favoritismo.

Si este fuese un país serio, las encuestas no darían al PP como fuerza más votada ni el PSOE habría ganado en Andalucía. Esperanza Aguirre, que huyó de la policía municipal a la que ahora podría dirigir, manchada por las malas relaciones que la rodearon mientras fue presidenta de Madrid –y hubo gente que la advirtió de la mucha podredumbre moral y corrupción político-económica que se ocultaba tras su gobierno– probablemente será la fuerza más votada en la capital de España.

Siguiendo el magisterio de Felipe González, aquí no pasa nada mientras no haya una sentencia penal que, por otro lado, jamás obliga a devolver la mucha pasta que nos han birlado.

Así están las cosas en un país que, a pesar de la irrupción de dos nuevas fuerzas políticas, aún no ha alcanzado la mayoría de edad democrática.

Gran parte de culpa en esta inmadurez es de la escasez de nuestros grandes periódicos y demás medios de comunicación. La prensa tradicional, mientras sobreviva, debe funcionar como una reserva de credibilidad porque en Internet, junto a unos pocos nombres solventes como republica.com, hay mucha paja, mucha trampa, mucha mentira.

Sin embargo, los medios de comunicación más importantes sirven a intereses y partidos antes que a la verdad. Por eso unos inciden en la “Gürtel” o en “Bárcenas” y otros en los “ERE”; por eso todos ocultan noticias y priman otras inanes; por eso tergiversan, manipulan y tuercen los hechos; por eso es tan difícil abrir cualquier periódico, escuchar cualquier noticiario radiofónico o televisivo.

Así, sin un cuarto poder con un mínimo de cordura, sensatez, seriedad y madurez, la opinión pública –criada y amamantada en un sistema educativo de mínimos y sandeces– es incapaz de ir más allá del “¿Qué hay de lo mío?” o del “Yo soy del Madrid… o de este partido político”.

Si uno ve Borgen, serie danesa de política ficción, disfrutará de buena televisión y sufrirá por la enorme distancia que nos separa de un país civilizado y con mayoría de edad democrática.

Mientras los medios de comunicación más importantes no comiencen a cumplir con su función la política no alcanzará un mínimo de dignidad.

Y, mientras tanto, nosotros aquí, huérfanos, esperando a la nueva Supergirl y deseando con todas nuestras fuerzas que no se carguen aún más el invento de Star Wars.