70 años sin Hitler

El oscuro carisma de Adolf Hitler es un documental, muy bien hecho, que repasa cómo se fue construyendo el mito a partir de una figura que aparentemente no tenía nada de carismática. Al igual que películas similares, se centra en el ascenso, triunfo y caída de Hitler como un personaje que se alzó sobre todo y todos aprovechando la coyuntura social y económica.

Se cumplen 70 años del suicidio de Hitler, del fin de la Segunda Guerra Mundial, esa misma guerra, tan decisiva, de la que los escolares españoles apenas tienen idea –¡Vergonzoso, el currículo de Historia de nuestro sistema educativo!–. Y dicha efeméride se ha traducido en numerosos filmes, documentales, publicaciones, incluso una edición de Mi lucha en Alemania.

Pocos personajes se han estudiado tan a fondo como Hitler. Que un militar chusquero, pintor frustrado, medio loco, de la noche a la mañana consiguiese poder tan omnímodo, camelase a propios y extraños en la Conferencia de Munich, lograse fidelidades tan extremas… fascina al tiempo que espanta y repele. Pocas veces Clío ha mostrado un sentido del humor tan negro y purulento.

Así, durante estas siete décadas la principal atención ha recaído en el estudio de este personaje que, observado fríamente, aún más después de que Chaplin le parodiase en El gran dictador, no es más que un memo megalómano, un ser repugnante y ridículo que, empero, conquistó un país y puso en jaque al resto del mundo.

Creo que tamaña atención a tan siniestro personaje es errónea por dos motivos:

Primero, porque se tiende a convertir en monstruo lo que no fue más que un humano trastornado, un pirado incendiario que compartía código genético con todos nosotros. Ya dijo Albert Camus aquello de “Tristeza de la condición común, y la tragedia de no poder escapar de ella”.

Segundo, en lugar de centrarnos tanto en la figura concreta del dictador y sus secuaces, deberíamos pensar en cómo fue posible que un imbécil tan notorio pudiese conseguir llegar al poder –al contrario que, por ejemplo, Stalin– tras ganar unas elecciones.

Hitler, antes que nada, es la demostración palpable y manifiesta de la sinrazón de la Humanidad. Algo tan oscuro, mostrenco, pérfido… alguien tan visiblemente trastornado, con evidentes delirios de grandeza, de oratoria tan ridícula como histriónica… un payaso de circo reconvertido en dictador… llegó al poder y arrastró a todo un país al suicido colectivo, a la ceguera ante la atrocidad sistemática, a la guerra como esencia y necesidad… ¿No debería aterrarnos y acaparar nuestra atención como fenómeno social y no como asunto individual?

La Historia, como ya nos previno Heródoto, debe servirnos para conocer y evitar los errores que cometieron nuestros antepasados. Hitler –como muchos otros humanos monstruosos del siglo XX– mostró hasta dónde puede llegar la sinrazón de la civilización, la animalidad de las masas. Y pensar que lo hizo solo, que la guerra empezó con su dedo y terminó con su suicidio es tan ingenuo como sospechar que es imposible que algo similar pueda volver a pasar.

Que el Acaso nos libre de los salvadores de patrias.