Cine de actor

Si bien es cierto que, casi desde el inicio de sus carreras, Buster Keaton y Chaplin dieron el salto a la dirección con éxito y genialidad, antaño era extraña la figura de la estrella devenida en realizador. No creo que a la Garbo, Clark Gable, Gary Cooper, Bogart, etc. se les pasase por la cabeza la idea de ponerse detrás de la cámara.

Quizás fuese porque genios de la época, como Capra, Hawks o Ford, antes de ser directores habían pasado por casi todos los oficios menores que componen la industria. Capra, incluso, después de dirigir su primera película, lo dejó durante un par de años para continuar formándose en trabajos más humildes.

La tendencia de que los actores dirigiesen películas es posterior. Charles Laughton tocó el cielo con La noche del cazador en 1955 para no volver a dirigir. Y ahora no recuerdo ningún otro gran ejemplo hasta Robert Redford –Gente corriente (1980)–, Woody Allen –que siempre fue más creador que actor– en los 70 y, sobre todo, el ascenso al Parnaso de Clint Eastwood con El jinete pálido (1985), su undécima película.

Ahora, por el contrario, cada vez es más común ver cómo un actor  se lanza al ruedo de la dirección como si fuese lógico y sencillo, como si bastase con un nombre y, en algunos casos, un par de cursillos, quizás por correspondencia. Tom Hanks, Eddie Murphy, Jodie Foster o Keanu Reeves son ejemplos de estrellas que han caído en la mediocridad como Brando hizo con El rostro impenetrable.

Incluso, parece casi imprescindible, para convertirse en un actor “auténtico”, dar el salto a la dirección, aunque eso rara vez beneficie a la industria ni al arte.

El último en apuntarse a la moda ha sido Russell Crowe con El maestro del agua, película que cuenta cómo un viudo australiano acude a Turquía tras la Primera Guerra Mundial para recuperar los cadáveres de sus tres hijos, fallecidos en la batalla de Gallipoli. Granjero y zahorí, el protagonista, el propio Crowe, también se revela como magnífico buscador y hallador de descendientes, como si hubiesen cruzado los relatos bélicos con La fuerza de la sangre de Cervantes.

Esa mezcla de misticismo, astrología y trampa narrativa es otra más de las muchas lacras de una película que, empero, tiene algunas secuencias antológicas –sobre todo las relacionadas con la batalla– y un par de personajes realmente interesantes, como el oficial turco que ayuda al protagonista.

Pero es imposible engancharse a la trama porque, cada dos por tres, un error interrumpe la magia: aquí una escena de gran belleza visual y absoluta incoherencia narrativa; allí un momento introducido con calzador; ahí un personaje tópico y típico; y en todas partes una bella banda sonora que choca de bruces con las imágenes.

El maestro del agua tenía todos los elementos para convertirse en un clásico. Pero le falta la conjunción de los elementos que construye el buen cine. Quizás, con otro director habría mejorado el resultado final. Quizás no. En cualquier caso, es otra prueba de que ahora las estrellas tienen demasiado poder y que para ser Ford, Hawks o Eastwood hay que tener muchísimo talento, muy distinto al de llenar pantalla, y muchísima experiencia “entre bambalinas”.