El crimen fue en Granada

“Tú, el más firme edificio, destruido,/ tú, el gavilán más alto, desplomado,/ tú, el más grande rugido,/ callado, y más callado, y más callado”.

Miguel Hernández fue uno más de los muchos poetas, españoles y extranjeros, que cantaron a la muerte de Federico García Lorca, la más notoria del sinfín de infamias cometidas durante la Guerra Civil, especialmente durante sus primeros meses.

Acaba de salir a la luz un informe de 1965, escrito por un comisario chusquero, que supone el primer reconocimiento oficial de la ejecución de Lorca, acusado en el mismo de masón, socialista y de practicar el “homosexualismo” [sic.].

El informe fue escrito bajo la presión del Gobierno, pues una investigadora francesa, Marcelle Auclair, exigía papeles oficiales para documentar su biografía sobre el autor del Romancero gitano.

Lleno de errores -por ejemplo, están equivocados los nombres de la madre de Lorca y del Gobernador Civil de Granada en 1936- el informe es bastante sospechoso como fuente histórica. Por si fuera poco, oculta, de nuevo, la identidad de los autores de la fechoría, asesinos de cuyos nombres se sospecha pero sobre los que nunca se tendrá certeza.

Ante este documento, algunos medios, con ‘El País’ a la cabeza, ya comienzan a hablar de que aquel fue un auténtico crimen de Estado.

Pomposas palabras. Anacrónicas. A Lorca lo asesinaron en agosto de 1936. Franco fue nombrado Generalísimo y jefe del Gobierno -y se autoproclamó Jefe del Estado ante el cobarde silencio de sus compañeros de armas- a finales de septiembre. El Movimiento Nacional, el partido único tras el que se escudó la dictadura, se creó en abril del 37. Y hasta el 38 los ahora ya sí franquistas guerrearon bajo la bandera con el escudo monárquico.

¿Crimen de Estado? Más bien barbarie en estado puro, anarquía violenta y prejuiciosa, pura infamia de unos sujetos pérfidos y soeces que, tras la guerra, continuaron fardando de su fechoría, como cuenta Agustín Penón en Miedo, olvido y fantasía.

“Mataron al ruiseñor/tan solo porque cantaba”, escribió Francisco Salinas. Mucho más poderosa esta figura que la del crimen de Estado, pues durante décadas iba a ser difícil y mal visto eso de cantar alegre y sentidamente.

Sirva el asesinato de Lorca como símbolo de la sinrazón de la guerra incivil, de la guerra fratricida, de la guerra “de los hunos contra los hotros”, como escribió Unamuno.

Y sirvan los sentidos homenajes elegiacos como prueba de que Adorno no tenía razón.

Antonio Machado también recordó a Lorca en la quizás más famosa elegía sobre el poeta granadino:

“Se le vio, caminando entre fusiles,/ por una calle larga,/ salir al campo frío,/ aún con estrellas de la madrugada./ Mataron a Federico/ cuando la luz asomaba./ El pelotón de verdugos/ no osó mirarle la cara./ Todos cerraron los ojos;/ rezaron: ¡ni Dios te salva!/  Muerto cayó Federico/ —sangre en la frente y plomo en las entrañas—/ … Que fue en Granada el crimen/ sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada”.