Sutileza animada

Afirmaba Coucheau que España es un país de pocas sutilezas. La semana pasada se convirtió en fenómeno mediático –según los cursis, tornó en viral– el asunto del “León come gamba” del programa MasterChef. Un concursante no muy hábil presentó un plato de ridícula apariencia con una patata más cruda que una roca groenlandesa.

Ante tal despropósito los dos jurados macho del programa se ensañaron con el chaval de manera desproporcionada, obscena, apta para atrapar audiencias pero intolerable desde cualquier punto de vista cívico, ético, humano… ¿Se imaginan que un profesor echase una bronca semejante a un alumno? ¿O un jefe a un empleado? Pero nada, el asunto cuajó y se justifica porque todo apunta a que el torpe ganará un pastón acudiendo a distintos programas de televisión bajera. Ni los Marx llegaron a tanto.

Quizás por esa incapacidad para la sutileza, por el amor que profesamos a lo grotesco y exagerado –nunca olvidemos a Belén Esteban, por favor, ni a la repera patatera– menudean por aquí los cinéfilos que dan la espalda al cine de animación, a estas alturas el único reducto que le queda a la alta comedia cinematográfica.

El último largometraje de Aardman Animations (Wallace y Gromit, Chicken Run…) se titula La oveja Shaun, personaje televisivo que hace las delicias de chicos y mayores. Este filme es mudo –o silente, según los cursis– es decir, renuncia a los diálogos en favor de balbuceos y rumores para así aprovecharse mejor del efecto dramático de la música y cómico de los ruidos.

La oveja Shaun es un magnífico ejemplo de sutileza. A partir de un comienzo voluntariamente lento se inicia una película absurda, de animación, con unas ovejas y un perro como protagonistas que, a pesar de todo, consigue un asombroso nivel de verosimilitud. La trama está perfectamente urdida para entretener a los niños, pero debajo del invento se esconden demasiados elementos como para poder reducir el filme a su carácter infantil.

Esta película de Aardman es una comedia de muchísimos y sutiles gags que arrancan sonrisas y carcajadas, que convierten en obra de arte el humor (aparentemente) blanco y el marrón, que abarcan una amplísima variedad de gags para conformar un espectáculo brillante, divertidísimo, capaz incluso de hacernos olvidar los gravísimos problemas que sufre nuestro planeta.

La oveja Shaun, repito, esconde en su aparente sencillez un guión perfectamente elaborado. Siguiendo el modelo Pixar, divierte a los niños pero, más allá de su blanca apariencia, se burla de nuestra civilización, de sus modas, de sus ritmos de vida, etc. Es tan deliciosa y sutil que es capaz de convertir un eructo en obra de arte.

Y todo a partir de unos diseños y unos recursos técnicos de primera categoría. España no es un país de sutilezas… ni de espectáculos sencillos y optimistas. Pocas comedias de los últimos tiempos tienen la delicadeza y la gracia de esta película, tan contraria en todos los sentidos a la crueldad inherente a una sociedad que puede convertir en viral un fenómeno como “León come gamba”.