Podredumbre

Al más puro estilo americano, el pasado lunes –I don´t like Mondays– un chaval entró en un instituto barcelonés armado con una ballesta y un machete para cargarse a sus profesores. En la refriega se llevó a uno por delante e hirió a otras cuatro personas. El estudiante, de solo 13 años, está libre de responsabilidad penal y terminará la ESO en algún centro especializado (1).

El asunto es tenebroso, impropio de un mundo civilizado pero sintomático de aquel en el que vivimos. Enseguida surgieron las cábalas sobre qué enfermedad mental padecía el alumno y cómo es posible que nadie hubiese detectado nada. A continuación, han comenzado a llegar los inevitables ataques a la familia y al colegio por ser incapaces de prever lo imprevisible y no dar el cariño necesario al adolescente.

Así somos en España… y en Europa. Nos llevamos las manos a la cabeza ante la tragedia palpable pero enseguida cerramos los ojos para no ver en dónde está desembocando esta sociedad muelle que aborrece las responsabilidades y reniega de cualquier valor o principio. Hace poco, ¿no hubo otro pirado que estrelló un avión con 149 personas a bordo?

Otro ejemplo. A Pepa Bueno se le llenaba la boca cada vez que soltaba que el Mediterráneo es “la frontera más mortífera del mundo” para clamar por el naufragio de hace un par de días que se llevó por delante a cientos de africanos.

Cierto es que apenas se hace nada por esos inmigrantes que tienen el valor de embarcarse en naves ruinosas para intentar cruzar el siempre peligroso mar. Pero, ¿qué narices se puede hacer ante dicha avalancha? ¿En serio alguien se cree que el foco del problema está aquí? ¿O es que es mejor fijarnos en nuestros ombligos y olvidar que lo realmente mortífero es África, un continente asolado por el hambre, la guerra y la peste? ¿Y, aún más, que casi todo lo que ocurre ahí abajo es responsabilidad directa de Europa y aledaños? ¡Cómo estará aquello para que decenas de miles de personas arriesguen la vida para llegar hasta aquí!

Tan solo nos fijamos en el detalle, nos olvidamos de la visión global. Ni siquiera tenemos interés en pensar qué hay en el bosque. Lo de Barcelona y el naufragio son dos tragedias, dos síntomas de enfermedades mucho más graves que nos afectan y, con nosotros, se llevan por delante a cientos de miles de inocentes.

Sin principios, atocinados en la vacuidad de nuestras comodidades y la ceguera de nuestras miradas, nos conformamos con echar la culpa a los videojuegos, a la televisión, a los políticos… Pero todo esto poco o nada tiene que ver con las leyes. Es una cuestión de mentalidad, de estar abiertos a vivir y sacrificarnos por los ideales que nos trajeron hasta aquí. Clamamos mucho pero pensamos menos, exigimos pero no damos, nos indignamos pero nos quedamos quietos.

Solo queda el estupor, el dolor, el luto… y repetir la pregunta que hizo Dámaso Alonso en su poema Insomio:

“Y paso largas horas preguntándole a Dios […] por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo. Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?”

(1) Creo sinceramente que un chaval de 13 años sabe perfectamente distinguir el bien del mal. Mucho han cambiado las cosas, por lo que habría que reducir la mayoría de edad penal sin llegar, claro está, a las penas de los países anglosajones.