La LOMCE no tiene quien le escriba

El pasado martes los alumnos de 3º ESO de la Comunidad de Madrid realizaron las Pruebas CDI que sirven a las autoridades “para comprobar el grado de adquisición de los conocimientos y destrezas que se consideran indispensables para cada una de las etapas”. Es un examen muy facilito sin más importancia que sacar una nota media con la que entrar en un ranking y competir con otros colegios. Es decir, un chaval puede sacar un 0 y no pasa nada.

Los resultados de estas pruebas –un examen de matemáticas y otro de lengua– no se conocen hasta dentro de muchos meses. Cómo se corrigen, qué criterios se emplean para su evaluación… son arcanos inaccesibles para los profesores y maestros del globo entero. Ver un examen corregido, comprobar dónde se equivocó el chaval, un imposible.

Con las pruebas de selectividad por lo menos se sabe qué criterios se siguen en la corrección. Claro que son tan etéreos como el diálogo político español. Pero, aunque aquí los resultados solo tardan en salir unos días, es imposible acceder a ninguna prueba corregida. Es decir, las notas salen y los profesores no pueden comprobar en qué se han equivocado sus alumnos, saber cómo mejorar y ayudar a que la siguiente generación tenga mejores calificaciones.

¡Esas calificaciones que, a la postre, deciden su futuro universitario!

El oscurantismo que rodea a las correcciones de los exámenes oficiales tiene mucho que ver con el miedo, con el temor a que los profesores de colegios e institutos protesten y pongan en evidencia a los correctores. Miedo aún más lógico cuando se trata de asignaturas de letras y la subjetividad del examinador sube o baja la calificación. ¿Alguien, incluidos los directamente implicados, sabe cómo narices se corrige un examen de Filosofía en Selectividad?

Lógicamente, este fenómeno de ocultamiento sistemático genera numerosas protestas entre profesores y alumnos. No puede sorprendernos, entonces, que ya se anuncie –¿Es un globo sonda?– que la reválida que sustituirá a la selectividad constará de 350 preguntas tipo test que no serán muy difíciles porque nadie se puede permitir que muchos estudiantes no consigan su título de bachiller –ni el de la ESO, en el caso de la reválida de 4º–.

Con este sistema –que creo será bienvenido por muchos profesores que tampoco saben muy bien de dónde vienen, qué saben ni adónde van– es evidente que se ganará en objetividad. Y los correctores –o los que manejen las máquinas correctoras–, sin necesidad de enseñar los exámenes corregidos, podrán realizar tablas estadísticas en el que se muestren los porcentajes de aciertos y errores de cada pregunta.

Pero, ¿en serio que un candidato a la universidad no tendrá que escribir nada para demostrar que, cuando menos, conoce casi todo el abecedario? ¿Objetividad plena a costa de la más básica alfabetización?

Porque, no lo olvidemos, más del 90% de los chavales españoles aprueban cada año la prueba de la actual Selectividad cuando muchos tienen dificultades para hacer la O con un canuto, como a menudo confirman numerosos profesores universitarios.

El actual Gobierno, con José Ignacio Wert a la cabeza, cambió la ley de Educación. Las reválidas, de las que hasta ahora solo se conocen rumores como el de las 350 preguntas, eran una idea prometedora. Pero, como con todo lo que rodea a la LOMCE, al final se quedará en mucho ruido y pocas nueces, en una gran algarada que no cambiará nada de nuestro pésimo sistema educativo.