Sirenas televisivas

Los cambios inherentes a la revolución tecnológica son evidentes. Resulta tremendamente complejo explicar a los alumnos de secundaria que solo hace 20 años las cosas eran muy diferentes a lo que ahora sufrimos y/o disfrutamos. Por ejemplo, entonces casi todos veíamos las mismas series y, casi siempre, sabíamos que el cine era un espectáculo superior a la tele, la caja tonta, la hermana pequeña.

Este fin de semana fui al cine a ver La dama de oro, película sobre cómo una heredera de judíos expoliados durante la Segunda Guerra Mundial recupera un famosísimo retrato pintado por Gustav Klimt en Viena. Bien dirigida, correcta en la realización y mejor en la interpretación, se deja ver y disfruta.

Sin embargo, una vez sales del cine, te quedas con la impresión de que hace 30 años esta película habría sido un telefilme de sábado por la tarde, de esos que comenzaban con el rótulo “basada en hechos reales”. Este filme tiene más de documental que de drama y daría igual verlo en pantalla grande o pequeña.

El lunes, ya en pleno trajín laboral, disfruté por la noche del primer capítulo de la quinta temporada de Juego de tronos. A pesar de haber olvidado casi por completo cómo terminaba la cuarta, desde la primera escena me sumergí en esta historia de intrigas, envidias, traiciones y supercherías, en esta mezcla de realismo y fantasía en un mundo completamente ficticio con aires medievales.

Juego de tronos es un alarde audiovisual sin parangón. Desde la cabecera hasta la última imagen, la serie es una constante lección de buen hacer en todos los terrenos de la industria: la dirección artística es magistral, con maravillosos decorados, vestuario, maquillaje, etc.; los efectos especiales y la fotografía son dignos de la gran pantalla; el montaje y la dirección muestran una magnífica pericia; el argumento es un ejemplo de síntesis y sabiduría dramática…

Y las interpretaciones, aún mejor en versión original, son impecables desde el primer al último personaje. Si hubiese que destacar a alguien, me quedaría con Peter Dinklage y Lena Headey que, por separado, llenan más pantalla que el conjunto de las jóvenes grandes estrellas de Hollywood.

Juego de tronos es una producción televisiva que me recuerda a  magnas obras como Lo que el viento se llevó o Ben-Hur. Y su sombra, aún lejos de la masificación, es ya tan alargada que muchos de sus actores ya están indeleblemente marcados por sus personajes.

Juego de tronos es quizás lo más sobresaliente de eso que algunos cursis comienzan a denominar como Edad de Oro. Lo cierto es que The Wire, Los Soprano, El ala oeste o Breaking Bad igualan o superan en calidad a las mejores películas de los últimos años. Del mismo modo, el nivel medio de las series es superior al del cine.

Lo de menos es investigar las causas de este fenómeno. En Juego de tronos y otros productos televisivos lo que encontramos es otra invitación para alejarnos del ágora, para guarecernos del mundo en nuestro sofá y alejarnos de esa sociedad que, a menudo, apesta y desazona. Tranquilos y calentitos en casa, disfrutando de magníficas “películas” en episodios mientras los cuervos crecen y amenazan con devorarlo todo.