Please please me

Después de pasear largo tiempo entre estantes, subir y bajar escaleras, hojear innumerables libros en inglés y escoger dos, me acerco a la caja para pagar. La cajera me recibe con una esplendorosa sonrisa y, después de saludar, me pregunta si tengo alguna tarjeta descuento. Respondo que no e indaga, no sé por qué, si tengo carnet de profesor –¿Acá tenemos de eso?–. Le digo que, aunque trabajo como maestro, no tengo nada que lo demuestre. Pero se fía de mi palabra y, por el mero hecho de dedicarme a la enseñanza, me hace un diez por ciento de descuento.

Esto me ocurrió en The American Book Center, maravillosa librería sita en la plaza Spui, delicioso rincón de Amsterdam de aire intelectual, acogedores cafés y espléndidas terrazas para esos escasos días en que los holandeses pueden sentarse a tomar algo al aire libre.

La anécdota apenas importa. Tan solo es un síntoma más de lo que se observa a primera vista en Amsterdam: sus ciudadanos tienen un alto nivel de inglés. Ya fuesen ancianos, adolescentes, hombres o mujeres, todas las personas con las que me crucé dominaban el idioma del imperio con fluidez y corrección gramatical y sin apenas acento. El fenómeno, que una vez descubierto investigué con curiosidad y asombro, causa admiración y provoca envidia, no sé si sana.

Aparte de que al inglés deben de darle gran importancia en las escuelas, en los Países Bajos todo invita al bilingüismo: las pelis, salvo las infantiles, se proyectan en versión original con subtítulos, las series norteamericanas e inglesas de televisión, ídem, todas las librerías, especializadas o no, tienen una importantísima sección de libros en inglés –incluso los puestos de libros de mercadillos callejeros – en todos los museos, por pequeños que sean, hay amplia información para los angloparlantes, etc.

Los neerlandeses, sabedores de que su idioma es minoritario, sin renunciar a él se entregan al aprendizaje del inglés con mimo y dedicación porque saben que su supervivencia depende de ello. En ningún lugar al que haya viajado me he encontrado un bilingüismo tan perfecto, ni siquiera en las Comunidades Autónomas españolas que presumen –o no– de ello.

Deberíamos tomar ejemplo de los holandeses y, de una vez por todas, apostar por un bilingüismo auténtico. Tenemos, sobre ellos, la ventaja de tener como materno un idioma que hablan cientos de millones de individuos (1). Si a la receta, dejándonos de pamplinas y paparruchas, le añadiésemos una entrega total al inglés… Porque, por mucho que algunos digan, nuestro nivel de inglés, en líneas generales, provoca más sonrojo que orgullo.

Quizás podríamos dejar de doblar películas y series, fomentar la lectura en inglés, pensar en serio y no en gilipolleces… Porque, aunque cada vez haya más personas con un alto nivel de bilingüismo –aunque, por alguna razón, nos suele fallar el acento–, ni siquiera somos capaces de darnos presidentes de Gobierno que chapurreen el idioma de Shakespeare, Mark Twain o Barack Obama.

Y, como en todo, esto no depende solo del sistema educativo, sino de la disposición y actitud de la sociedad… eso que en España, casi siempre, resulta tan difuso a la vista, tan disonante al oído, tan etéreo al tacto, tan repugnante al olfato y tan fofo al tacto.

(1) Solemos fardar de lo importante que es el español como idioma. Sin embargo, salvo en las páginas en castellano, en Internet se dice que en la Unión Europea –donde hay ¡24 lenguas oficiales!– se trabaja sobre todo en inglés y francés. En mis viajes al extranjero he observado que el español es un idioma residual, si presente, y generalmente tienes que recurrir al inglés para folletos explicativos, audioguías, etc. Bueno, miento, eso no me ocurrió en Perú y, nada curiosamente, en Nueva York.