Más allá de la banalización

El terrible accidente aéreo del pasado martes es otro de estos sucesos que conmocionan y conmueven a cualquier persona con un mínimo de corazón. Aunque a menudo sean sobreexplotadas en este mundo superado por la sobrecarga informativa, estas tragedias nos sobrecogen al recordarnos que compartimos humanidad y mortalidad con miles de millones de seres con consciencia y, se supone, alma.

Sin embargo, el accidente despertó en muchos el reverso tenebroso que siempre ha sido inherente a algunos especímenes. Algunos energúmenos lanzaron tuits que mostraban un desprecio absoluto por los catalanes, como si la vida y la muerte tuvieran algo que ver con la procedencia de cada uno. Esos mensajes eran hijos del odio, del rencor, del desprecio por el prójimo en estado puro.

Peores por más gratuitos, empero, me parecieron aquellos tuits contra Telecinco por suspender la entrega de Mujeres y Hombres y Viceversa para, en su lugar, emitir un especial informativo sobre el accidente. Estos no eran hijos del odio ni nada semejante, sino simples muestras de un egoísmo bárbaro, una rabia nacida del capricho insatisfecho, la ignorancia absoluta entregada al hedonismo y la inconsciencia.

Hannah Arendt, en su análisis del genocida Adolf Eichmann, acuñó el término “banalización del mal” para describir cómo este, un simple burócrata, cumplió fielmente con su deber sin considerar si lo que hacía estaba bien o mal. Lo único importante para él era cumplir su cometido dentro del engranaje del exterminio.

Los tuits que frivolizaron sobre el accidente, que deseaban por encima de todo que se emitiese el grotesco espectáculo de MYHYV, mostraban unas mentes pútridas, informes, absolutamente incapacitadas para distinguir siquiera una diferencia entre lo bueno y lo malo. Eran mensajes hijos de unos cuerpos sin alma, sin un mínimo desarrollo de lo moral, ajenos entonces al otro como presencia, como alteridad y principio de nuestra propia existencia.

En cierto modo, individuos así recuerdan a esos meninos da rua que, crecidos lejos de cualquier vínculo familiar o social, en algunos casos llegan al asesinato porque sí, porque tienen un arma que disparar y pueden hacerlo; una especie de asilvestramiento bárbaro, solo posible en una sociedad humana.

Claro que los meninos da rua no tienen alternativa: crecen en una selva y se comportan como salvajes. Los tuiteros que aprovecharon el accidente para mostrarnos sus carencias son hijos de la tecnología y, de cualquier modo, habrán participado de algún sistema educativo. La diferencia es bien grande.

Mientras en las aulas se siga hablando de valores sin más, mientras no nos planteemos de una maldita vez que la exigencia y el rigor académicos no son malos, mientras no nos demos cuenta de que así promovemos el nacimiento de ciudadanos a medio camino de la brutalidad literal, mientras no reaccionemos y hagamos algo para que fenómenos de feria como MYHYV sean algo marginal y minoritario… tendremos que cargar con las consecuencias, con esa paulatina construcción de una sociedad amoral incapaz de distinguir lo bueno de lo malo, de respetar a los otros… una sociedad un paso más allá del banalización del mal que postuló Arendt.

Por eso tampoco puede sorprendernos que ese piloto de 28 años decidiese estrellar el avión. Total, ¿qué eran para él 149 prójimos? El hecho puede conmocionarnos, conmovernos, aterrarnos, estremecernos, sobrecogernos… jodernos… pero nunca sorprendernos.