Memorables: La viuda alegre

1934, el Hollywood de los grandes estudios no escatima medios gracias al éxito del cine sonoro, que a su vez ha hecho proliferar la aparición de películas musicales. Así, adaptaciones de operetas como La viuda alegre menudean al tiempo que desde Los Angeles se intenta conquistar el mercado mundial.

Al tiempo que se hacía La viuda alegre en inglés se rodaba una versión paralela en francés, con diferentes actores en casi todos los papeles menos los de los dos protagonistas: en el caso de Maurice Chevalier, por razones obvias, y en el de Jeanette MacDonald porque como preparada cantante de ópera sabía cantar en el idioma de Bizet.

La viuda alegre es, por su ingente despliegue de medios, una producción prototípica de la Edad de Oro del cine de Hollywood. Valgan dos ejemplos: para tejer las dos docenas de vestidos con los que Macdonald aparece en escena se necesitaron cuatro meses y doce costureras; en algunas escenas hay hasta dos mil velas, velas que tardaban dos horas en encenderse.

A pesar de ello, el paso del tiempo ha hecho mella en una producción que ahora parece mucho más modesta de lo que realmente fue.

Es de lo menos. Lo que importa es la música, con algunas canciones inolvidables -Tonight will teach me to forget o Maxim´s- y una comedia romántica que hace reír y transmite buen rollo. Da igual que el estilo de Jeanette MacDonald ya no se lleve, que resulte algo cursi, porque la historia funciona y ella resulta deliciosa cuando, sin capacidad para ello, intenta hacerse pasar por una mujer de vida alegre.

Pero, sobre todo, si La viuda alegre funciona -al margen de un espléndido Maurice Chevalier- es gracias a la delicada dirección de Ernst Lubistch, un maestro de la sutileza y de la comedia, capaz de contar mil cosas a partir de un breve y modesto plano.

La viuda alegre fue un gran éxito de taquilla en 1934, un ejemplo magistral del gran Hollywood de los años 30, una de esas películas que deberían ser más y mejor recordadas.

P.S.: Como en muchas películas de la época, es imprescindible la presencia del magnífico secundario Edward Everett Horton, del que tendré que hablar algún día más detenidamente.