Huesos cervantinos

William Shakespeare está enterrado en la misma iglesia de Stratford-upon-Avon en la que fue bautizado. En una inscripción funeraria se le compara con Virgilio y Sócrates. A mediados del siglo XVIII se le construyó un monumento en el Poet´s Corner de la londinense abadía de Westminster.

Pero esos no son los grandes homenajes que Shakespeare recibe en su tierra natal. En Cambridge, por ejemplo, cada tarde de verano muchos colleges representan en sus jardines alguna de las obras del inmortal bardo inglés. Así, cada anochecer, sus personajes, sus tramas, sus versos… reviven gracias a unos actores amateurs y un público que asiste maravillado a la magia shakespeariana.

Los restos de Miguel de Cervantes se perdieron hace más o menos trescientos años cuando la iglesia donde había sido enterrado fue reformada y ampliada. Desde entonces, le hemos buscado hasta que ahora, en 2015, unos científicos sospechan que se han encontrado sus restos junto a los de otros 15 cadáveres. Esto no es CSI y, lamentablemente, no tendremos certeza sobre si un particularmente interesante trozo de mandíbula es o no del genial novelista.

Cervantes, empero, y/o sus más geniales creaciones, Don Quijote y Sancho Panza, tienen numerosos monumentos repartidos por toda la geografía nacional. Aún más, en La Mancha multitud de localidades se disputan el honor de ser el lugar que el narrador –o Cervantes– no quería recordar.  Y cada 23 de abril, en varios lugares, se realiza una lectura completa y coral de la genial creación cervantina.

Cervantes, frente a Shakespeare, tuvo la desventaja de tener una vida variada y compleja sobre la que hacer cábalas. Con el inglés basta con dudar sobre su existencia o su autoría para inmediatamente pasar a leer sus poemas y obras de teatro. El español, entre viajes, cardenales, Lepanto, cárceles africanas y españolas, envidias y celos, etc. sirve a los estudiosos para detenerse en el personaje y olvidarse de lo mucho y bueno que escribió.

Porque, si de verdad nos importase algo Miguel de Cervantes, cada tarde de verano se representaría uno de sus entremeses –que tan poco éxito tuvieron en su tiempo– en algún rincón de España; cada mañana alguien comenzaría a leer una de sus Novelas ejemplares; y cada lustro algún valiente conseguiría la proeza de terminar La Galatea.

Aunque, en mi opinión, basta con leer las dos partes de El ingenioso caballero don Quijote de La Mancha, obra maestra de la literatura universal que merece mucho más que tantos fuegos de artificio, monumentos, búsquedas o cábalas.

Un libro, aún más si tan soberbio como este, solo cobra vida y recibe homenaje cuando se le lee, disfruta y celebra. Cervantes, en un país serio, recibiría el honor que merece si cada uno de nosotros conociese de cerca el valor e inteligencia del alter ego de Alonso Quijano.

Pero nada, en este cuarto centenario de la publicación de la segunda parte comenzamos el castillo de fuegos artificiales con unos huesos y unas sospechas. Seguimos mirando allá donde no hay nada. ¿Qué tal si alguna vez nos diésemos cuenta de que todo comienza por abajo, en las aulas, enseñando a leer, comprender y disfrutar de las obras maestras de la literatura?

Como el Quijote, de cuya primera parte Sansón Carrasco, en la segunda, asegura “es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí va Rocinante»”. ¿Podríamos afirmar lo mismo en 2015?