Corrupción a bordo

Hace algunas semanas un conocido me vino a enseñar su nuevo libro electrónico, un regalo navideño. En tan solo unos días había llenado el artilugio de gran cantidad de libros ¡sin haber pagado un euro por ninguno! Según me confesó, había un página que te facilitaba títulos gratis… no sabías si ilegales o no. Claro que todo tiene sus peros:

- Hay muchas erratas y a veces creo que faltan páginas, pero… - me dijo.

Conozco muchos ejemplos similares. Hasta tal punto que ya apenas recomiendo a nadie películas, discos o libros porque temo fomentar el pirateo de contenidos culturales.

Esta misma semana se ha publicado el informe del Observatorio de Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales que afirma que en España “el 88 % de los contenidos digitales consumidos en 2014 fueron piratas”.

Cifras como esta deberían sonrojar a una sociedad que, lógicamente, está harta de los casos de corrupción que abarrotan los juzgados, menudean en las altas esferas y se sospechan hasta en el último rincón de la geografía española. Casos de corrupción que dan al extranjero una pésima idea de España, de lo español, de lo que aquí se cuece porque nos lo llevamos crudo.

Informes como este aumentan la sensación de que somos un país corrupto, a la cola de Europa, y ensucian la imagen de un miembro de la Unión Europea cuyos máximos responsables se las dan de íntegros y van de exigentes en cada una de las cumbres de Jefes de Estado y Primeros Ministros.

Pero, ¿qué podemos esperar de los que nos gobiernan si la inmoralidad –¿amoralidad?– comienza en cada uno de los dispositivos digitales que poseemos? Porque recordemos que también somos líderes en número de smartphones y artilugios semejantes.

Decía Coucheau que quien, en una oficina, roba un lápiz es porque no puede robar diez mil euros. La lucha, moral y física, contra la corrupción, contra la podredumbre moral, comienza en cada caso individual. De nada valen las excusas sobre los precios de los DVD, las entradas de cine o los CD. El que con un click consume, ilegal o alegalmente, un producto hijo de la creación humana, está corrompido y corrompiendo, rompe las reglas del juego e invita a la anarquía jurídica y económica.

Algunas de las mentes supuestamente brillantes hablan de que nuestros grandes hombres deben dar ejemplo. En primer lugar, es mucho suponer que aún quedan de esos en España. En segundo, ¿en serio alguien se cree que vamos a imitar en nada a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Albert Rivera? Más bien lo contrario; tan quemados estamos que haremos justo lo contrario que ellos.

Ahora en serio, si queremos exigir un país limpio, ordenado, libre de corrupción, deberíamos comenzar dando ejemplo los propios ciudadanos. ¿El 88% del consumo de contenidos digitales es pirata? Da vértigo e indigna simplemente ojear la cifra. Si uno se detiene a pensarlo, solo puede concluir que, efectivamente, no hay remedio.

No es esto. Ni aquello. Ni nada.