Conciencia contra violencia

“Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre”.

Esta cita está extraída del libro Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia de Stefan Zweig, el maestro vienés que, una vez más, consigue contar parte de la Historia en forma de magistral relato, aquí acompañado de una profunda reflexión sobre la tolerancia, la libertad y las tiranías.

El libro, en primer lugar, nos acerca a Calvino y cómo se hizo con el poder de la ciudad de Ginebra para implantar una dictadura que alcanzó hasta las mismas conciencias de sus ciudadanos. Más adelante nos presenta a Sebastián Castellio, ilustre humanista, muy apreciado por los más sabios de la época e ignorado por los del siglo XXI, que se atrevió a enfrentarse al todopoderoso Calvino, lo que a punto estuvo de costarle la vida.

A continuación Zweig nos resume el caso y la condena de Miguel Servet, ejecución que muestra hasta dónde puede llegar la crueldad de los totalitarismos, incluso cuando se escudan en la religión cristiana. Y, por fin, muestra cómo Castellio, ahora desde Basilea, se atrevió de nuevo a enfrentarse a Calvino y sus aparatos de represión mediante lo que Zweig considera el primer tratado sobre la tolerancia, anterior en un siglo al de John Locke y en dos al de Voltaire.

Castellio contra Calvino es un ejemplo de buena literatura histórica, fiable y entretenida. Si los libros humanísticos fueran tan accesibles y apasionantes como este quizás las ciencias no nos sacarían tanta ventaja. Zweig nos cuenta los hechos con claridad y soltura, con esa prosa que, aunque traducida, debería ser, por sus ideas, de obligada lectura en las escuelas.

Pero, además, aquí Zweig se lanza a defender la libertad de expresión y de conciencia contra cualquier totalitarismo, un ensayo preclaro sobre quiénes somos o, por lo menos, quiénes deberíamos ser, europeos abiertos y tolerantes, dispuestos a entender al otro y, sobre todo, a no dejarnos pisotear por aquellos que nos quieren imponer sus ideas o sus modos de vida. Para Zweig, como para muchos otros intelectuales de su época –casi todos olvidados–, la libertad del individuo es el valor supremo.

El libro se publicó en 1936, cuando Hitler se había convertido en una tremebunda amenaza para los judíos –Zweig lo era– y para toda la Humanidad. El intelectual austriaco se atrevió a publicar un texto a favor de la libertad y en contra de la tiranía, emulando así al magnífico Castellio. Pero un libro cualquiera de un autor cualquiera jamás detiene una guerra. Y Zweig terminó suicidándose en 1942 en su exilio brasileño, desesperado ante el futuro que se cernía sobre la Humanidad.

Pero ganamos la guerra y aquí estamos, sin darnos cuenta de la herencia recibida de sabios como Zweig, Sócrates, Shakespeare, Montaigne y muchos otros. ¿Merecemos ser herederos de tan ilustres personajes, de sus excelsas palabras?

Castellio contra Calvino, como todas las obras maestras, es un libro perfectamente actual. Sobre todo cuando el terrorismo islamista es una amenaza global que no solo atenta contra la vida sino que, además, está consiguiendo que muchos, extremistas o no, se replanteen los principios sobre los que, mal que bien, está construido Occidente. Sobre todo el de la libertad como bien supremo.

Como escribió Vargas Llosa el pasado domingo en su artículo La felicidad, ja, ja de El País: “El peligro es que, por prudencia o, incluso, por convicción, algunos Gobiernos occidentales comiencen a hacer concesiones, autoimponiéndose limitaciones en el campo de la libertad de expresión y de crítica, con el argumento multiculturalista de que las costumbres y las creencias del otro deben ser respetadas (¿aún a costa de tener que renunciar a las propias?). Si este criterio llegara a prevalecer, los fanáticos islamistas habrían ganado la partida y la cultura de la libertad entrado en un proceso que podría culminar en su desaparición”.

Viva el espíritu de Castellio… o, por lo menos, que resucite.