La sombra de Grey no es alargada

Parafraseando a una aristócrata española, yo, por mis lectores, mato… o muero, que a veces no lo tengo claro. El pasado fin de semana fui a ver Cincuenta sombras de Grey, adaptación cinematográfica del best seller de E.L. James que, he de confesar, no he leído porque, si alguna vez me decido a iniciarme en el género, comenzaré por Corín Tellado o Barbara Cartland.

Así, no sé si la película es una buena o mala adaptación. En cualquier caso, es una de las peores que jamás se hayan proyectado en una gran pantalla. Se supone que es una peli romántica con tintes eróticos, pero no es más que un plano, plomizo y reprimido pseudoespectáculo a años luz de su hermana mayor, Nueve semanas y media.

Aquí, en lugar de Mickey Rourke y Kim Basinger, aparecen Dakota Johnson y Jamie Dornan, carentes de atractivo, de química, un “miscasting” rotundo que convierte la historia de amor en un cuento infantil y las escenas de cama en algo tan erótico como un documental sobre leones y hienas.

Cincuenta sombras de Grey, la novela, se constituyó en un gran éxito por sus escenas calientes, se dice que atrevidísimas en su concepción. En la película, empero, el juego de dominación sexual da la impresión de haber nacido de una obra censurada del marqués de Sade y tamizada por los productores de La casa de la pradera. Por ejemplo, los azotes que Grey le arrea a la otra, suaves, mimosos, provocan la risa antes que la inquietud o la repulsión.

Y es que no todo es malo en esta película. Con los diálogos, pésimos, se han adelantado a las inevitables parodias tipo Aterriza como puedas. Si Cincuenta sombras de Grey no consigue ni un solo calentón del espectador, por lo menos arranca unas cuantas carcajadas de incomprensión y perplejidad. ¿En serio esto es uno de los grandes bombazos cinematográficos de 2015?

Lo único salvable de esta película es la banda sonora, en especial la versión de I put a spell on you de Annie Lennox, una suerte de Joe Cocker para este filme erótico sin erotismo, sin amor, sin argumento, sin conflicto, sin actores y sin dirección. Y ya sabemos todos qué ha sido de Nueve semanas y media con el paso del tiempo.

Todo resultaría cómico, incluso el precio de la entrada, si Cincuenta sombras de Grey no fuese un fenómeno mundial, una película que ha vendido por anticipado lo que ningún otro filme de los últimos tiempos. Por suerte, las puntuaciones que va recibiendo en internet le hacen toda la justicia del mundo. Pero, ¿y qué pasa con la decepción de los que la esperaban ansiosamente? ¿Volverán alguna vez al cine?

Aunque no hay que preocuparse, porque los grandes intelectuales de Occidente se han mostrado a la altura de las circunstancias. El Festival de Cine de Berlín, tan elevado, proyectó fuera de concurso Cincuenta sombras de Grey. Como suelo repetir, ni los hermanos Marx habrían imaginado absurdo tan mayúsculo.