El triste destino de la universidad española

Foto de archivo. Pablo Iglesias con Santiago Carrillo, padre del actual rector de la Complutense |

En 2013 la Universidad Complutense de Madrid creó la figura de colaborador o profesor honorífico para contar con ciertas figuras de renombre que pudieran dar conferencias o colaborar con diversas investigaciones. A primera vista, uno pensaría que dicha iniciativa serviría para atraer a ilustres y veteranos sabios que mejorasen la calidad académica, personal y sapiencial de la antiguamente denominada Universidad Central.

Pero, en lugar de eso, ha servido como una herramienta política más. El pasado verano, después de que fuera elegido europarlamentario, la Complutense –cuyo rector no es precisamente reconocido por su ecuanimidad ideológica– eligió profesor honorífico a Pablo Iglesias, anteriormente interino pues jamás pasó oposición para convertirse en titular –y propietario– del puesto.

Valga este ejemplo para mostrar cuán politizada están las universidades españolas. Ya sea en Barcelona, Sevilla o Santiago, las más de las veces priman los méritos ideológicos sobre los académicos. Si a eso unimos la endogamia endémica que las caracteriza, es fácil entender por qué no aparecen en los lugares más altos de los distintos ránkings que comparan los distintos centros de todos los rincones del globo.

Al otro lado de la ecuación se encuentran unos alumnos que, en la mayoría de los casos, carecen de una mínima cultura general y acuden a la universidad para sacarse un título antes que a aprender. Muchos de estos estudiantes ni siquiera dominan la ortografía, por lo que casi todos los profesores hacen la vista gorda para impedir que el mal uso de las tildes impida terminar la carrera.

Volviendo a los profesores, nos encontramos con numerosos profesionales de primera línea terriblemente frustrados porque compiten con otros mucho menos cualificados mas favorecidos por sus ideas o sus relaciones. Otros, derrotados porque los estudiantes, de ninguna manera, están a la altura que se les supone, tan solo esperan una ansiada jubilación que les aleje de una vez por todas de tamaña podredumbre moral y de conocimiento. Por fin, están los entusiastas jóvenes, flamantes portadores de un doctorado que ni siquiera saben usar el verbo adolecer con corrección.

¿Cómo, entonces, es posible que entre los estudiantes cunda la motivación? En este clima de desencanto y mamoneo, ¿es factible la idea de que los chavales aprendan por fin algo con un mínimo de profundidad, tengan una amplitud de miras propia de un titulado universitario?

El sistema educativo español es pésimo. Lo de la universidad tiene delito. Pero nada, a hablar de si los grados deben durar tres o cuatro años.

Una vez más nos ponemos a hablar de cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler mientras los monstruos de la endogamia, la ignorancia y el desencanto nos asedian.

¡Ay, España, la de los tristes destinos! (1)

(1) Con permiso de Isabel II.