Unos buenos Goya para el nuevo cine español

La gala de los XXIX Goya comenzó con un número musical que, sazonado con un montaje de películas españolas de todos los tiempos, culminó con Resistiré, canción que puede considerarse un himno reivindicativo, como una clara e irónica declaración de intenciones: en lugar de los viejos rencores, los Goya debían servir de celebración y, sobre todo, de espectáculo.

Por supuesto, una entrega de premios deviene, indefectiblemente, en un largo y plúmbeo desfile de premios y discursos de agradecimiento. Es su esencia. Pero hay que intentar que el espectáculo disimule dicha esencia.

Y, a partir de ese número inicial, con un inmenso Dani Rovira al frente del invento, los Goya se estructuraron como un intento de paliar el rollo a partir de chistes, números, homenajes y glamour, mucho glamour en trajes y vestidos. ¡Da gusto ver a la gente bien elegante, guapísima, digna de un espectáculo tan hermoso como el cine!

Para colmo de bienes, este año competían por los Goya películas que, en su mayoría, habían visto los espectadores. 2014 fue el año de la reconciliación del cine español con su público. Ocho apellidos vascos, El niño, Mortadelo y Filemón... pelis atractivas para sus nacionales que, cuando les dan lo que les apetece, compran entradas para ir a ver lo que les gusta.

Y triunfó La isla mínima, espléndido filme de Alberto Rodríguez, un espectáculo crítico, intenso y entretenido a la altura de los mejores thrillers extranjeros. Una gran producción que triunfó para alegría de los que habían acudido a verla, una película lejanísima de otras triunfadoras de pasadas ediciones de los Goya.

Solo hubo un momento heteróclito: Pedro Almodóvar, aquí encarnación del fantasma de las navidades pasadas, antes de entregar el Goya de honor a Antonio Banderas, se sintió niño en el bautizo y faltó el respeto a José Ignacio Wert, ministro de Cultura que, esta vez sí, había acudido a la gala en cumplimiento de su deber. Almodóvar representa el viejo cine español, el elevado, el elitista, ese que sirve a unas ideas antes que al espectáculo.

Pero su exabrupto sirvió de perfecto contraste entre el antañón y rencoroso cine español y el nuevo, uno que prima el espectáculo sobre las reivindicaciones sin perder el sentido crítico.

Porque, en estos Goya, hemos visto que el humor y el drama no están reñidos con la crítica, que la celebración debe prevalecer porque, siempre, el espectáculo debe continuar.

Y si es con monumentos de buen cine como La isla mínima, mejor que mejor.