¿Y la cultura general?

 —¡Ay! —pensé—; ¡cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz, como Lázaro, espera

que le diga: «¡Levántate y anda!».

 Así termina la rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer. Algunos alumnos de 4º de la ESO –los pocos que tienen memoria de lo estudiado el curso anterior– piensan que el tal Lázaro es el de Tormes, lo que convierte el poema en ininteligible. Muchos ignoran quién narices es y los más pasan olímpicamente de Lázaro, Bécquer, la poesía y la madre que los trajo al mundo. Solo unos pocos saben de la Biblia y el milagro de la resurrección de Lázaro.

Cuando, en pleno siglo XXI, das clase en un colegio español, tienes que estar muy pendiente porque no puedes dar absolutamente nada por sabido. Hay que tener cuidado con hacer referencias a Moscú, Serrano o el Turia o usar palabras como concordancia, equivalente o exótico si no quieres que gran parte de la clase se pierda en el camino.

Sin embargo, no paramos de escuchar la cantinela de que estamos ante las generaciones mejor preparadas de nuestra Historia. ¡Por Dios, si ni siquiera son capaces de entender las rimas más fáciles de Bécquer! Perdidos en el maremágnum de sobreinformación, en un sistema educativo pésimo, en unos libros de textos llenos de errores garrafales, en la molicie intelectual imperante y, a menudo, en la falta de tiempo y/o interés de los padres, los chavales son incapaces de enterarse de lo poco que saben. Más bien piensan que están más que sobradamente preparados.

Un ser humano, sobre todo en una democracia, puede ser considerado como tal cuando, ante cualquier situación, es capaz de sopesar las circunstancias, distinguir lo bueno de lo malo y emitir un juicio acorde a su manera de pensar y entender la vida. Eso es, grosso modo, el espíritu crítico del que hablaban los “antiguos”, ahora también anticuados.

Si seguimos cultivando nuevos ciudadanos en la carencia de una cultura general y la ignorancia de las propias debilidades, jamás podremos conseguir levantar esta democracia que agoniza en esencia, espíritu y existencia.

Pero lejos de mirar a los ojos a la esfinge, que diría Unamuno, las soluciones que proponen políticos, psicopedagogos y demás (in)expertos en educación se alejan del espíritu crítico y proponen corsés con los que limitar el pensamiento, huyen de la memoria y construyen procedimientos hueros, proscriben el pensamiento libre y promueven el trabajo en rebaño, proponen itinerarios que dividan el saber y alejan a la “manada” de la cultura general, tan necesaria como peligrosa.

¿Cómo podemos descubrir qué entienden nuestros alumnos si ni siquiera tenemos un canon de lecturas obligatorias en todos los colegios de España?

Pero nada, a seguir mintiéndonos, lo cual es hasta lógico, y mintiéndoles, lo que es trágico, temerario e indigno. Basta con echar un vistazo a cómo hablan, se mueven y pontifican (casi todos) los nuevos doctores para darse cuenta de en qué terrorífica situación nos encontramos.

No desesperemos, empero. Hay una corriente de rebeldía, existen unos pocos alumnos que, a contracorriente, han emprendido la misma senda que algunos viejos sabios siguieron siglos atrás. Quizás Fray Luis, Bécquer o el espíritu crítico no terminen definitivamente convertidos en indescifrables inscripciones íberas.