Boyhood

Cuando el verano pasado vi Boyhood me pareció un filme frío, sin alma. Sin embargo, la crítica mundial se entregó de manera tan unánime a la película de Richard Linklater que no me atreví a escribir de ella hasta verla una segunda vez, cosa que hice el fin de semana pasado.

Boyhood (Momentos de una vida) se rodó durante doce años con los mismos protagonistas. Linklater escogió a un chaval -Ellar Coltrane- de 7 años y rodó la vida de un muchacho desde su infancia hasta marcharse a la universidad.

Hijo de unos padres divorciados, el chaval va creciendo mientras su madre se casa otras dos veces, mejora las respectivas relaciones con su padre y su hermana, conoce el amor y, en general, se va enfrentando a los problemas de la existencia.

Bien rodado, un alarde de paciencia, el proyecto es tan ambicioso como loable. Además. Ethan Hawke y Patricia Arquette consiguen con sus interpretaciones paliar el amateurismo que parece caracterizar al resto del elenco.

El guión fluye sin grandes momentos, sin tensiones, sin escenas auténticamente dramáticas. Parece que Linklater quiso evitar los grandes conflictos para dar a Boyhood un tono más de reality que de auténtica película.

Pero, insisto, a pesar de algunos aspectos burdos -los personajes del segundo y tercer marido son patéticamente planos, la hija de Linklater, los figurantes...- es un largometraje bien hecho.

Boyhood, empero, también en su segundo visionado me pareció gélida, una especie de documental sin chicha que cae en el costumbrismo más inane. Tan solo la belleza de algunos parajes y un par de diálogos, siempre con Hawke presente, tienen algo digno de ser recordado.

Sin embargo, es una de las grandes favoritas para estos Oscar que vienen y que han elevado al cine independiente al altar de Hollywood. Y la crítica ha sido unánime en colocarla como una obra maestra. Algo tendrá, supongo, aunque me lo haya perdido.