El postureo de los nuevos charlatanes de feria

Uno de los escasos avances de la educación española en los últimos tiempos es la incorporación, en algunos colegios y universidades, de las técnicas de debate para, en principio, mejorar la oratoria y retórica de los estudiantes. El problema es que, por regla general, se priman las formas sobre el fondo, la metodología huera de las ciencias empíricas sobre el magisterio de Cicerón.

Paralelamente a este fenómeno se da la proliferación de los autodenominados expertos de la comunicación, en su mayoría personajes ufanos, muy americanos a la Gila, arrogantes como todos los ignorantes, encantados de verse cada mañana en el espejo.

Da igual que en casi todos ellos menudeen vulgarismos como “convezca”, “apreta” o “volvido”; que muchos sean incapaces de distinguir prejuicios de perjuicios o deber+de+infinitivo de deber+infinitivo; o que a menudo suelten expresiones absolutamente ininteligibles como “se te puede perder” cuando quieren decir “es difícil entenderte”.

Estos expertos en comunicación, casi siempre con rutilantes doctorados, también se dejan llevar por la moda de las técnicas americanas de debate, en las que más vale como prueba una tabla estadística –adoran las barras y los quesitos– que un argumento sólidamente construido a partir de premisas irrefutables, donde lo mismo vale un estudio de la universidad de Moralzarzal que otro de Harvard, en donde la cita de un bloguero indio puede equipararse a otra de Winston Churchill.

Estos nuevos adalides del progreso son los principales encargados de formar a profesores de instituto y a estudiantes de cualquier edad. Y, como digo arrogantes, valoran más la puesta en escena, el movimiento de las manos, la modulación de la voz que las palabras que dice cada orador.

Por tanto, es fácil ver cómo elogian sin reparos, premian y ponen como ejemplo a adolescentes que, con dominio del espacio y de la entonación, son capaces de hablar durante tres o cuatro minutos sin decir absolutamente nada. Estos chavales, incluso, pueden contradecirse o errar notoriamente en un silogismo de lo más sencillo. Da igual porque lo que importa, como demuestran los estudios, es la comunicación no verbal.

Los nuevos expertos en comunicación se asemejan a los viejos charlatanes de feria. Estos, por lo menos, sabían que estaban timando a los ilusos, mientras aquellos, cargados de buenas intenciones, creen estar haciéndoles un favor.

No dicen nada, pero lo dicen muy bien. Ganan concursos de debate y alargan hasta el infinito los títulos de sus tarjetas de presentación. Son la exaltación oficial y oficiosa de los gestos sobre las palabras, de las apariencias –del postureo– sobre el intelecto, de la forma sobre el fondo.

Algo lógico en nuestros días… pero aterrador. Sobre todo porque es su espíritu lo que parece colorear nuestro futuro de timadores, encantadores de serpientes y entusiastas amantes de la nada.

¿En qué momento del camino hemos dejado de considerarnos un animal racional?