La teoría del todo

Cuando se habla de la carrera hacia los Oscar la gente entiende que se trata de la competición de las películas por alcanzar una de las preciadas estatuillas. No es cierto. En realidad dicha expresión se refiere a la maratón que, por deseo, necesidad o masoquismo, algunos recorremos para intentar ver todas las películas nominadas. Algunos años, como este, dicha maratón se sitúa en un paraje inhóspito, árido y plomizo.

La teoría del todo es otra de las películas candidatas al Oscar a la mejor película. Basada en el libro de su exesposa, cuenta la vida académica y matrimonial de Stephen Hawking, el gran santón de la Física del último medio siglo.

Por un lado, el filme nos cuenta el sobrehumano espíritu de superación de una persona que lucha y vence a una tremebunda enfermedad degenerativa con la inestimable ayuda de su esposa. Por otro, narra la convivencia de estos dos protagonistas, nada fácil, llena de dificultades y malentendidos. Porque Stephen Hawking, a pesar de todo, no ha sido un santo varón. Por fin, la película roza el tema de la revolución científica de un visionario de la Física que, empero, nunca ha terminado de demostrar nada y que ha cambiado en numerosas ocasiones de opinión, pero siempre con la finalidad de explicarlo todo, incluso a Dios, a partir de ecuaciones matemáticas.

Lo más destacable, quizás lo único, de La teoría del todo son las soberbias interpretaciones del dúo protagonista. Eddie Redmayne, que probablemente gane el Oscar, apoyado en el maquillaje se ha transformado en un asombroso trasunto del Stephen Hawking real. Además, solo con los ojos y la boca, realiza una actuación de las que hacen época. Y Felicity Jones, que encarna a su esposa, aguanta el tipo a partir de la contención y la mesura gestuales.

Al margen de esto, La teoría del todo es gélida. La subtrama matrimonial, a pesar de su potencial, se desarrolla de una manera sosa, neutra, impropia incluso de un telefilme. La batalla contra la enfermedad no consigue arrancar ni una lágrima, no presenta ni una secuencia mínimamente emotiva. Y lo referente a las decisivas teorías físicas de Hawking se queda en la superficie de lo que, a la postre, es tan inescrutable como las más abstrusas teorías filosóficas o teológicas.

Resulta pasmoso que una historia con tanto potencial haya quedado en un filme pelmazo y plano. La teoría del todo es una más de estas películas tan largas y aburridas que al final terminas fijándote en los detalles que deberían quedar integrados en el todo. Por cierto, la banda sonora es soberbia.

Así, otra etapa más de mi personal carrera redentora hacia los Oscar. Otro rollo patatero. Pero da igual. Mientras se acerca la ceremonia de entrega de los premios de la Academia de Hollywood, se mantiene entretenido al pueblo. La clave del panem et circenses es mantenerlo en constante movimiento. Hay vida después de los Oscar… y, quizás, entretenimiento para los que corremos su agotadora maratón.