Anita en la Fontana

La magia del cine. Anita Ekberg, miss Suecia en 1950, pasó por Hollywood con mayor pena que gloria. Era una más de las bellísimas mujeres que contrataban los grandes estudios para después no saber qué hacer con ellas. Pero entonces llegó Italia, Federico Fellini y La dolce vita.

Anita Ekberg, a la luz del blanco y negro de Otello Martelli y la música de Nino Rota, se baña en la Fontana de Trevi, en el corazón de Roma. Invita a bañarse al periodista que encarna magistralmente Marcello Mastroianni.

Y surge la magia cinematográfica de lo inolvidable. La voluptuosa diva es una especie de sueño hecho realidad, una oferta, en su vertiginoso vestido palabra de honor, que no se puede rechazar Pero el periodista, obnubilado ante tanta belleza, duda, se queda, entre intimidado y fascinado, quieto, al límite de la tentación, como si no quisiera profanar a esa diosa escandinava digna de Bernini y Tiziano.

Esa sola secuencia sirve para colocar a Anita Ekberg en el imaginario colectivo, parta convertirla, con el permiso de Marilyn, en el icono del erotismo cinematográfico por excelencia. La magia del cine, capaz de convertir la belleza de una mujer en divina intocable.