Alarde estético y pretencioso

Cuando vas a ver una obra de Shakespeare a la réplica de The Globe en Londres tienes que estar preparado para todo. Por un lado, la magia del bardo inglés sorprende y atrapa aunque conozcas bien la obra. Por otro, siempre hay un momento en que te pierdes en el idioma original y en la música del mejor verso blanco de la Historia. Por fin, los bancos del teatro son tan incómodos que, aunque alquiles una almohadilla, terminas buscando sin cesar una postura mínimamente cómoda.

Algo semejante ocurre con las principales candidatas a los Oscar. Sabes que siempre va a haber algo interesante, algo que te impacte y/o emocione. Pero también esperas que haya algo tan elevado que no termines de comprender y que, salvo excepciones, terminarás mirando la hora para saber cuánto queda de película.

Birdman es una de las principales favoritas para acaparar nominaciones a los Oscar de este año. Este filme es un alarde de puesta en escena a partir de un único y falso plano-secuencia que demuestra la agilidad visual del director, Alejandro González Iñárritu, y el dominio técnico del montaje de Douglas Crise y Stephen Mirrione. En este sentido es una obra maestra.

Este montaje que quiere negar su esencia va acompañado de una banda sonora magnífica, basada en solos de batería que apoyan el drama con contundencia. A la postre, empero, el plano-secuencia continuo y la música de percusión agotan, se vuelven cansinos y uno termina deseando que haya un mínimo cambio de plano, aunque sea para tomar aire.

Birdman, además, muestra el espléndido trabajo de todos sus intérpretes, desde el protagonista, Michael Keaton, hasta Naomi Watts, Amy Ryan o Zach Galifianakis. Mención especial merecen Emma Stone y Edward Norton por estar soberbios y conseguir que sus escenas sean las más intensas de la producción.

Pero, ¿y el argumento? Birdman se estructura en torno a una adaptación teatral de los cuentos de Raymond Carver que lleva a cabo un veterano actor de Hollywood que jamás ha conseguido quitarse la máscara del superhéroe que le ha llevado a la fama. Los preestrenos en Broadway son una sucesión de desastres que intensifican el irónico drama con un par de momentos cómicos. El problema es que la película va de más a menos, hasta una media hora final donde la tensión deviene en una especie de delirio surrealista sin emoción, sentido ni gracia.

El protagonista es un ser sin carisma, sin interés, alguien por el que resulta difícil preocuparse. Por eso cuando desaparecen los secundarios y se queda solo el filme, como digo agotador, se vuelve plano y aún más pretencioso. Keaton está bien, pero cuando comparte pantalla con Norton o Stone se queda en un segundo plano, como un personaje de Pirandello, solo que en busca de un buen argumento.

Birdman es una película interesante con la suficiente pedantería para interesar a premios y festivales. La apuesta de Iñárritu es realmente ambiciosa, pero ha echado en falta, una vez más, a Guillermo Arriaga, el guionista que le escribió Amores perros y 21 gramos. Y es que el cine no bebe solo de grandes directores. Necesita de grandes y bien desarrolladas historias.

Birdman tendrá numerosas candidaturas a los Oscar y ganará alguno como algún Globo de Oro ha conseguido. Pero, una vez superada la sorpresa inicial, ¿volveré a verla algún día? Simplemente, no.