Chespirito y Mortadelo

Roberto Gómez Bolaños, más conocido como Chespirito, nunca tuvo un Charles Chaplin que, cual Cantiflas, le invitase al Parnaso internacional. Sin embargo, Chespirito fue uno de los grandes cómicos del siglo XX. Aparte de actor, fue un magnífico escritor de humor que manejó como pocos las herramientas que arrancan la risa aun en los peores momentos.

De las muchas creaciones de Gómez Bolaños me quedó con “El Chavo del 8″, serie que recreaba un supuesto barrio mexicano en el que sobrevivía el protagonista, tan pobre que dormía en un barril. A partir de El Chavo, Don Ramón, Quico, Chilindrina y demás personajes, Chespirito creó un monumento al humor partiendo del trompazo como recurso básico y mezclándolo con ternura y una crítica solapada que no manchaba el humor blanco de fondo. Esta serie es un vehículo perfecto para que rían pequeños y mayores, blancos y negros, mexicanos y españoles, tristes y alegres…

Acaban de estrenar en España “Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo”, peli en la que Javier Fesser retoma los personajes de Francisco Ibáñez de la misma manera que ya hiciera, en carne y hueso, en 2003. Ahora, gracias a la magnífica técnica de animación, los dibujos saltan a la gran pantalla y respiran ante nosotros como en los tebeos -salvo en el caso de un irreconocible Rompetechos-.

El problema, como ya ocurrió hace 11 años, es que Fesser parece recurrir a muchas otras fuentes, y de mayor importancia, aparte de a los tebeos de Ibáñez. Su feísmo, su manera hosca y sucia de presentar el entorno de Mortadelo y Filemón, recuerda muchísimo a “Torrente”, la creación de Santiago Segura. Por otro lado, lo explícito de la violencia, del típico trompazo antes citado, impropio para los más pequeños, da la impresión de haber sido sacado de alguno de los plomizos párrafos del marqués de Sade.

Corta en su metraje, esta película carece de la finura de los tebeos, es un vehículo grueso y soez (¿Influencia de “South Park”?) que se hace larga porque, salvo dos o tres gags, el resto es tan repetitivo como previsible. Fesser, que no guarda la debida reverencia a sus personajes, toma a Filemón como auténtico protagonista -la secuencia inicial, un sueño del propio Filemón, se parece demasiado a las pelis de Gru- del filme, un Filemón más tonto que nadie, incluso que Mortadelo, y así nos quedamos sin payaso listo para toparnos con dos augustos oligofrénicos (¿Algo de los Farrelly?).

Chespirito fue un maestro del chiste, del humor. Aunque a menudo se repitiese, manejaba la escena para entretener, divertir y, sobre todo, provocar constantes risas y carcajadas, siempre desde la ternura y el respetuoso cariño hacia sus personajes. Ibáñez creó una pareja inmortal que divertía desde la solidez de los guiones. En ambos casos, las trompadas chuscas y desintoxicantes eran aptas para todos los públicos.

Lástima que no todos seamos capaces de aprender de nuestros maestros. De momento, limitémonos a llorar a Chespirito mientras disfrutamos de los capítulos de “El Chapulín Colorado” o “El Chavo del 8″.

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