Nos vemos allá arriba

En España esto de los premios culturales parece un mal chiste.

Acabamos de escuchar la larga retahíla de los Premios Nacionales, con la culminación del Cervantes a Juan Goytisolo, convocados por el Ministerio de Cultura y así tintados en origen de pátina pútridamente política, circunstancia que los propios premiados aprovechan para hacer política antes que cultura -por ejemplo, Goytisolo apenas ha tardado en pregonar su apoyo a Podemos-.

Por otro lado, están los premios que surgen de lo privado, casi exclusivamente dedicados a la autopromoción de la empresa origen del galardón. Esta misma semana hemos asistido a la ceremonia, entre la megalomanía y el onanismo, de entrega de los premios Ondas, como si los que forman la SER de ahora hubiesen inventado la radio, la tele e, incluso, la pólvora.

En los países de nuestro entorno, por el contrario, aún subsisten unos cuantos premios que resisten los embates de la mercadotecnia o la tentación del lucro fácil y prostituyente. En Francia, por ejemplo, desde 1903 sobrevive el premio Goncourt “al mejor volumen de imaginación en prosa” que se haya publicado durante un año. Aunque, inevitablemente, hay cierta irregularidad entre las novelas premiadas, por lo menos es garantía de que el libro merece la pena.

Acabo de terminar “Nos vemos allá arriba”, de Pierre Lemaitre, novela que ganó el Goncourt del año pasado. Es una de las mejores novelas del siglo XXI con la que me haya enfrentado, un alarde de arquitectura narrativa combinado con unos personajes poderosos y verosímiles y una acerada crítica contra un momento oscuro del pasado de Francia.

La acción comienza a finales de la Primera Guerra Mundial, de la que dos de los protagonistas salen mal parados por culpa del tercero. Durante la posguerra, aquellos intentarán sobrevivir a sus traumas y a la pobreza mientras el villano intentará enriquecerse rápidamente a partir de negocios tan sucios como el de dar sepultura digna a los innumerables cadáveres diseminados por toda la geografía francesa.

Con un lenguaje fresco y atractivo, una mezcla de hondo drama mezclado con un humor agridulce y un retrato de época de primera magnitud, “Nos vemos allá arriba” se lee con deleite y voracidad porque es una de esas novelas donde arte y entretenimiento conviven con total naturalidad.

Por si fuera poco, “Nos vemos allá arriba” rescata un escándalo real de 1922 e inventa otro para revisitar el oscuro pasado francés y así hacer un impecable repaso histórico. Da igual que, durante aquella posguerra, ya lo hicieran Barbusse, Romains o Chevalier. Lemaitre afronta el reto y ayuda, desde la imparcialidad, a que la historia más vergonzosa no sea olvidada.

¡Ojalá en España tuviésemos algo semejante al Goncourt! Y ojalá tuviésemos narradores que, además de contarnos historias tan emotivas, brillantes y ¡cercanas! supieran acercarse a nuestro pasado no ya con imparcialidad sino con un mínimo de objetividad. Pero como para soñar estamos.